lunes, 7 de febrero de 2011

Abren la Casa y el Templo de las Vírgenes Vestales del Foro Romano

 
Abren la Casa y el Templo de las Vírgenes Vestales del Foro Romano.- Tras muchos años de rehabilitación, ya se ha abierto al público un nuevo tramo de 3 hectáreas del Foro Romano. Se trata de la Casa de las Vírgenes Vestales y su templo, un conjunto que se conoce con el nombre de 'Atrium Vestae' o atrio del templo de Vesta.
Anna Maria Moretti 
Bienes arqueológicos de Roma
La casa de este colegio sacerdotal, exclusivo para mujeres, ha tenido una existencia larguísima y representa un símbolo de la vida romana en la Roma Antigua. Hemos restaurado las imágenes de la época así como las estatuas de estas sacerdotisas para presentarlas al público”.

Los carteles informativos dan cuenta a los visitantes de quiénes eran estas vírgenes vestales, sacerdotisas consagradas a la diosa del hogar Vesta y de su especial culto e importancia en la Roma Antigua. 

Los dormitorios, salas de recepción y áreas de servicio se construyeron alrededor de un patio ajardinado, que ahora cuenta con el diseño del arquitecto Giacomo Boni.

Antonella Tomasello 
Jardín de la Casa de las Vírgenes Vestales
Las rosas sugieren la figura femenina, a estas sacerdotisas, casadas con la ciudad, con Roma, que se dedicaban íntegramente a la custodia del fuego sagrado así como a la parte ritual del gobierno de la ciudad asisitiendo al Pontífice Máximo”. 

Tras múltiples transformaciones lo que hoy puede verse de esta casa y del templo son las reconstrucciones posteriores al incendio de Nerón en el año 64 d.C.

Andrea Carandini
Consejo Superior de Bienes Culturales
Es el centro sagrado más importante de la ciudad, es, sobre todo, el indicio principal del nacimiento de Roma. Cuando se comienza este santuario, en la mitad del siglo VIII, se puede decir que Roma como ciudad ya comienza a existir”.

El orígen de esta orden de vírgenes sagradas se atribuye a Rómulo y su disolución al emperador cristiano Teodosio El Grande en el año 394 d.c.
 
 
romereports.com

Cardenal inglés visita India por 25 años de viaje de Juan Pablo II

El Papa Benedicto XVI nombró al Arzobispo Emérito de Westminster, Cardenal Cormac Murphy-O'Connor, como su representante para las celebraciones en la India por el 25 aniversario del viaje de Juan Pablo II realizado en 1986 a este país.

El Cardenal visita India entre el 1 y el 10 de febrero. El anuncio lo hizo hoy la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales.

En la nota los obispos recuerdan que "en aquel memorable viaje, el Papa Juan Pablo II llevó un mensaje de esperanza, expresada en la preocupación por los pobres y en el aliento a los religiosas y religiosos de la India".
"Esta visita celebrará los resultados conseguidos y reflexionará sobre la relación de larga data con la India que tiene el Reino Unido", añade la nota.
Sobre su nombramiento el Cardenal dice sentirse "muy privilegiado" para esta visita en la que celebrará una Misa en la Catedral del Sagrado Corazón en Nueva Delhi, rezará con los miembros de las obras de caridad de la Madre Teresa de Calcuta y se encontrará con el clero y los religiosos de Bombay.
El Cardenal, que realiza así su primera visita a India, también se encontrará con los seminaristas del Seminario Goregaon. Antes de volver, celebrará una Misa conclusiva con los jóvenes del país.

ewtnnoticias.com

Obispos de México reforzarán labor ante violencia con experiencia colombiana

Obispos de México reforzarán labor ante violencia con experiencia colombiana.- Buscando "unir el trabajo pastoral a favor de la no violencia y la construcción de la paz", una delegación de obispos mexicanos visitará Bogotá (Colombia) para participar en la 15° Asamblea Plenaria del episcopado colombiano, que se realizará del 7 al 11 de febrero.

El Servicio Informativo de la Arquidiócesis de México señaló el 3 de febrero en su sitio web que los delegados mexicanos, entre los que se encuentran obispos representantes de zonas que sufren violencia en México, esperan regresar al país con proyectos que puedan ayudar en la construcción de la paz.

La delegación del episcopado mexicano está integrada por el Arzobispo de Acapulco, Mons. Carlos Garfias Merlos, el Obispo de Nuevo Laredo, Mons. Gustavo Rodríguez Vega, el Secretario Ejecutivo de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social (CEPS), P. Armando Flores Navarro, entre otros.
En la Asamblea Plenaria, los obispos analizarán aspectos como las causas históricas y la dinámica actual del conflicto armado en Colombia, así como los costos humanos, éticos, psicológicos, religiosos y económicos de éste.
Según informó el 4 de febrero la Conferencia Episcopal de Colombia, también se dará un intercambio de experiencias pastorales de solución del conflicto, así como en torno a los elementos indispensables para una pastoral para la paz.

aciprensa.com

¿Cómo podemos volvernos santos?


La santidad es un estado del alma que satisface el plan de Dios para su Salvación. No hay standars humanos para calificar la santidad de alguien. Pero nosotros hemos recibido guías para la santidad de Nuestro Señor mismo [Mateo 5:1-12].

El dió los Diez Mandamientos a Moisés en el Monte Sinaí, para que la gente pudiera santificarse por medio de la obediencia. Sin embargo todos nosotros hemos probado ser desobedientes y esto aprisiona nuestras almas de tal manera que solamente la Misericordia de Dios puede salvarnos [Romanos 11:32].

Jesucristo el Hijo de Dios vino al mundo para deshacer la maldición impuesta sobre toda la humanidad en el paraíso terrenal [Génesis 3:19]. El tomó sobre si mismo el castigo debido por nuestros pecados para hacer reparación y para salvarnos de la maldición eterna, para que nosotros pudieramos vivir para siempre [Galatas 3:13].

Nosotros somos salvados por la Gracia mediante la fe, no por ningunos trabajos que podamos hacer sino por el don de Dios que hace que nosotros nos sometamos a su Santa Voluntad [Efesios 2:8].

Ser santo es vivir de acuerdo al Plan de Dios. El primer mandamiento es el mas difícil de vivir puesto que el Señor pide que le amemos con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda nuestra alma y con toda nuestra fortaleza [Deuteronomio 6:5-6].

Nadie ha cumplido los mandamientos excepto María la Madre de Jesús. Por supuesto que Jesús también los cumplió como hombre, a la vez honrando su dignidad como Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, la Palabra de Dios que se encarnó.

Por eso la justificación es encontrada solamente a través de la Fe en el Hijo de Dios, quien es nuestro Salvador y Señor [Romanos 5:1]. Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, ninguno puede llegar al Padre sino a través de El [Juan 14:6]. El es la Puerta del Cielo y también el Buen Pastor que cuida de sus ovejas [Juan 10:9-11].

Para ser santos, nosotros tenemos que volvernos como corderos, esto es, aceptar los mandamientos de nuestro Pastor [Mateo 10:16].

El vino a enseñarnos a ser santos a través de su Palabra y a darnos vida a través de su Sangre. El fundó su propia Iglesia sobre Pedro el Apóstol [Mateo 16:18] y le hizo Pastor cuando le pidió que alimentara sus ovejas [Juan 21:17].

Nosotros tenemos que ser fieles a Pedro, el Pastor después de Nuestro Señor, quien ha comisionado Pastores en todos los Pontífices de la Iglesia Católica, quienes a su vez tienen el poder de ungir hombres como Sacerdotes quienes por la autoridad de Nuestro Señor celebran la Santa Misa, la cual es una representación real del Sacrificio de Jesús en el Calvario que nos provée con el verdadero Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la comida de nuestras almas en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía. [1 Corintios 11:23-29]

Nosotros solo podemos volvernos santos cuando somos vestidos con las vestiduras blancas de la Salvación [Apocalipsis 3:5] , que se obtienen a través de la purificación por la Sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo [Juan 1:29].

Para poder recibir esta Preciosa Sangre de Jesús nosotros tenemos que ser purificados por el arrepentimiento y la contrición [Isaías 66:2], ademas tenemos que confesar nuestros pecados como lo ha ordenado el Señor (Juan 20:21-23):

  • 21 Jesús les dijo otra vez: La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.
  • 22 Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
  • 23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Estos no son mandamientos hechos por los hombres sino los mandamientos de Nuestro Señor Jesucristo. Para aquellos que no son Católicos, el camino es un poco mas difícil porque una vez de que reciben esta Sabiduría de Dios, ellos tienen que hacer algo al respecto y convertirse al Catolicismo.

Para los Católicos esto es un problema si no venimos a la fuente de la vida, porque es mas pecado ser indiferente a Emanuel, Dios con nosotros, Jesús en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía, cuando ya le conocemos, que ignorarle por falta de conocimiento [Oseas 4:6]

wwww.sanctusmundi.wordpress.com

La enfermedad más peligrosa: La Tibieza


La tibieza se considera la enfermedad más peligrosa de la vida espiritual. Por supuesto, esta enfermedad solamente se puede dar en personas que han buscado en algún momento, con sinceridad, el crecimiento y la santidad.


El Nuevo Testamento se pronuncia con claridad acerca de la mediocridad: "Conozco bien tus obras, que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca; porque estás diciendo: Yo soy rico y hacendado, y de nada tengo falta; y no conoces que eres un desdichado miserable, y pobre, y ciego, y desnudo.” (Apoc. 2, 15-17).

La tibieza se caracteriza por la aridez del espíritu frente a las cosas de Dios. En la dirección espiritual conviene saber distinguir entre este tipo de aridez y la sequedad permitida a veces por Dios: la llamada aridez pasiva, la noche de los sentidos; esos momentos previstos por Dios nuestro Señor, para ayudar a madurar a una persona. Al quitarle el sentimiento, le cuestan más las cosas de la vida espiritual. Se trata de una aridez totalmente distinta a la tratada en este apartado.

La tibieza es una aridez culpable, como quien estando en un cuarto donde hace mucho frío y teniendo un fuego en la chimenea, no se acerca a él. Siente el frío, pero no tiene el ánimo ni el coraje para acercarse al calentador.

Quien recibe más, habrá de dar cuenta de más. Esto se convierte en algo tremendo para tantas vidas que teniendo todo para ser buenas, han naufragado en la tibieza: "No mato, no robo, no hago nada malo; me comporto mejor que mucha gente, no dejo de ir a Misa los domingos". Bien, pero ¿y lo bueno que dejaste de hacer? ¿Los pecados de omisión?.


Veamos los síntomas y signos de la tibieza para no dejarlos crecer en nuestros dirigidos:


1) El desaliento.


La tibieza no se da de un día para otro; en forma paulatina se apodera de la voluntad hasta hacerla caer en un estado de terrible indiferencia. Ordinariamente antes de caer en la tibieza se cae en el desaliento.

El desaliento es el enemigo más terrible después del pecado mortal. Es señal clara de desaliento el consentir en la idea de que la santidad no está hecha para nosotros. Desisten de la lucha los cobardes y perezosos, los que se han buscado en los principios de su conversión creyendo que buscaban a Jesucristo. Estas almas cuando recuerdan su conversión, el entusiasmo con que trabajaban para corregir sus defectos, los primeros años de lucha para adquirir las virtudes y ven que no han realizado el programa trazado, creen estar derrotadas y encontrarse con las manos vacías... se auto-convencen de que no han nacido para santos.


2) La relajación de espíritu.


El espíritu se relaja y todo le da igual; antes le ilusionaban muchas cosas, y ahora ya no. Pierde valor todo cuanto se apreció anteriormente. La persona recibe una influencia continua de conductas inspiradas en modelos mundanos, ideas novedosas que invitan a tomar actitudes y comportamientos alejados del ideal cristiano. El joven y el adulto vanidosos y hambrientos de notoriedad, se convierten, especialmente, en presas fáciles de este letargo o conformismo, llevándolos, tarde o temprano, a la tibieza.


El conformismo se produce cuando, al margen de las exigencias de la propia identidad cristiana, el individuo se conforma con valores, actitudes y comportamientos del mundo y del medio ambiente. Entre las posibles clases de conformismo podemos distinguir el conformismo de las costumbres y el de las ideas.


Ante los valores espirituales, sobretodo ante un valor fundamental como la oración, se pierde el interés. Se convierte en algo aburrido, pesado, en una pérdida de tiempo. Se la pospone para dar prioridad a otras actividades presentadas como más atractivas.



3) La necesidad de satisfacciones inferiores.


Cuanto acostumbraba a hacer como cristiana o como religiosa, le aburre, le cansa. Siente un gran disgusto al hacer las cosas que anteriormente le llenaban de satisfacción: la oración, el apostolado, las buenas obras, el cumplimiento de los deberes del propio estado; de repente le empiezan a llamar mucho más la atención las amistades frívolas, la diversión, la televisión, la práctica exagerada de un determinado deporte.... Empieza a claudicar y cambia sus valores por otros menos valiosos.



4) Una visión práctica, utilitaria y activista de la vida.


Se pierde el sentido de la generosidad y se afronta la vida con una visión utilitaria y práctica: sólo vale lo que reporta ganancia, comodidad, placer o satisfacción.


A veces el activismo puede aparecer como un síntoma de tibieza espiritual; un activismo motivado mucho más por la vanidad, por el deseo de sobresalir, que por una verdadera pureza de intención.

Cuando la persona consagrada no vive por convicción interna si no por miedo a defraudar la imagen proyectada por otros en ella; cuando se hace los deberes ya sea dentro de la comunidad, o en el apostolado sólo por ganarse la estima de alguien, o para no ser menos que otro, o por la pura vanidad de hacer las cosas bien; cuando el valor y la convicción personal son deficientes y se quebranta fácilmente ante la presencia de los demás, la persona actúa por respeto humano, por el qué dirán.


El respeto humano es una guillotina de santos... Es tan sutil este vicio, que se mete en nuestras obras en cada momento, nos hace buscar el aplauso de los hombres, nos hace trabajar buscando la complacencia de nuestros directores o compañeros y a veces de una persona cualquiera que ni siquiera nos interesa... este respeto humano nos hace obrar por un «qué dirán», por una complacencia pasajera, arrebatando la verdadera santidad, que consiste en el amor auténtico a Jesucristo. Conocida la astucia envenenada y criminal de este vicio, ¡cómo sentimos su repugnancia y cómo debemos decidirnos a encaminar siempre en la sinceridad y en la rectitud nuestra vida ordinaria!... El respeto humano es además un asesino de la virtud. Cuántas obras buenas, cuántos ejemplos de virtud, cuántas acciones apostólicas se han dejado de hacer en el mundo por el maldito respeto humano. Este vicio roba la virtud, la traiciona, la asesina; si no se le combate con energía y valor conduce infaliblemente a la cobardía en la virtud.



5) El horror al sacrificio.


En las vidas tibias automáticamente queda fuera el espíritu de sacrificio. Cuanto implique sacrificio, renuncia, esfuerzo, lucha, queda descartado.



6) Se acepta el pecado venial deliberado.


El alma tibia acepta el pecado venial con toda tranquilidad; conoce su maldad, pero como no llega a ser pecado mortal, vive con una paz aparente, considerándose buen cristiana, buena religiosa, sin darse cuenta de la peligrosidad de tal conducta: el pecado venial deliberado puede ser para él, el detonante de pecados mortales graves.


De ahí (de la tibieza) nacen muchos pecados veniales deliberados, de los que apenas nos dolemos, porque poco a poco se van extinguiendo la luz del juicio y la delicadeza de la conciencia; vívese realmente en habitual disipación y se hacen muy a la ligera los exámenes de conciencia. Con eso va amortiguándose el horror al pecado mortal, van siendo más raras las gracias divinas, y aprovéchase menos de ellas el alma.


Ya comentamos cómo no se puede caer en la tibieza de un día para otro. La tibieza empieza con una cierta relajación. No se deja la oración en un solo instante, primero se empieza por acortar el tiempo dedicado a ella, luego, la atención al hacerla, la preparación, la pureza de intención, etc. En esto radica el problema principal de la tibieza: se vive con una tranquilidad aparente, no se hace nada para salir de ella. La tibieza se convierte así en un proceso en donde la conciencia se va apagando poco a poco hasta llegar al punto donde ya no reclama, donde todo lo justifica, donde ya sólo se ve la propia conveniencia.


a) Definición de la tibieza.


Se podría definir la tibieza como: "una carencia del fervor en el amor. Al comenzar se amaba, pero ese amor ha decaído. Algo similar sucede en algunos matrimonios. Al principio sienten un gran amor o por lo menos creen que es un gran amor; con el tiempo, ese fervor decae, haciendo reinar, en el interior de la vida de la pareja, la tibieza, y terminando ésta por apagar el amor.


La tibieza consiste, pues, en un relajamiento espiritual; frena las energías de la voluntad, inspira horror al esfuerzo y retarda pesadamente los movimientos del vivir cristiano. Se le ha clasificado como una forma de desidia espiritual, de pereza espiritual.


La tibieza no está en esas almas que, por sorpresa, cometen algunas faltas o imperfecciones y en seguida se humillan y reaccionan; esto es miseria humana. Sino más bien estriba en esos estados de indiferencia ante el bien. Tibios son los que pierden toda sensibilidad espiritual y adolecen de posibilidades para reaccionar contra el mal o la imperfección, viviendo en ella con la tranquilidad y gusto con que viven los peces en el agua.


¿Por qué nace la tibieza? Por la falta de constancia en el amor. Muchos autores han comparado la vida espiritual a un río con mucha corriente de agua. Si la persona desea cruzarlo, deberá nadar constantemente, aunque ello le implique esfuerzo y sacrificio. Si se deja de nadar, aunque sea un momento, habrá un retroceso; la corriente lo llevará hacia atrás, quién sabe hasta dónde. Así sucede en la vida espiritual; por la falta de constancia en el amor, en la lucha, en la oración, en el apostolado, se cae fácilmente en la tibieza espiritual.


A estas catástrofes interiores ¿se llega de improviso?. No. Son muy raros tales casos y en ellos quedan muchas reservas de renovación inmediata. No. Todo ha comenzado imperceptiblemente, sin darle casi importancia, por detalles mínimos, y así, poco a poco, se va llegando a estados que comprometen la misma salvación eterna. Almas que fueron llamadas por Dios a un grado de santidad, a una donación generosa; almas que en un principio se entregaron sin reservas, pero que abandonaron la lucha por la perfección y fueron cayendo, poco a poco, en estados de tibieza y de pecado, hasta formarse un hábito. Y las he visto acercarse a mí, trituradas internamente; y las he visto marcharse, arrastrando su vida de caída en caída, mientras yo me quedaba con el corazón agobiado, pidiendo a Dios nuestro Señor por ellas.



b) Remedios contra la tibieza.


Salir de un estado de tibieza resulta tremendamente difícil.


Este consejo puede ayudar: Hay que emprender el camino auténtico, ahora doblemente difícil, pues la conciencia no ha sido lacerada en vano: el camino de la conversión, de la superación, de la perfección. Habrá que desandar por donde se fue entibiando: el camino de las cosas pequeñas, sin esperar las grandes aparatosidades. Camino tremendo, si no fuese Cristo delante.

Dios

La tibieza no tiene otra solución que Dios mismo. Es decir, sólo la gracia de Dios nos hará salir de ella; Dios deberá iluminar la mente al dirigido hasta darse cuenta de cómo está. La esencia de la tibieza y su gravedad consiste en que el alma se encuentra cómoda consigo misma, no quiere cambiar. “Si todo va estupendamente, ¿Para qué arriesgarse a lo desconocido? ¿Para qué luchar?”.


Si el orientador ve al dirigido camino de la tibieza, deberá esforzarse por lograr del alma una oración pidiéndole a Dios salir de ella. ¿Cómo lograr esto si el orientado no entiende fundamentalmente qué es una persona tibia? El orientador debe orar, sacrificarse y motivar al dirigido pidiendo a Dios le abra la inteligencia para comprender que existen estados de vida espiritual más perfectos, más bellos, más hermosos. No podemos perder la esperanza en la misericordia de Dios.

Volver a amar como se amó.


Cuestionar al dirigido sobre cómo podrían ir mejor las cosas; ayudarle a redescubrir aquel amor de los inicios, por ejemplo, de su vida matrimonial, e irle proponiendo metas nuevas en su relación conyugal, en la vida apostólica, en la vida de oración, en la vida de entrega a los demás...


Propongamos pequeñas metas para lograr de ese amor, que no ha muerto, un nuevo comienzo, un volver a arder como una llama, incendiando a ese corazón nuevamente. Recordarle con la Sagrada Escritura: "Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera." (Apoc 2,5).

Vida de oración y una vida ordenada según una escala de valores cristianos.


Al alma tibia se le recomienda una vida de oración y de sacramentos más asidua para lograr encontrarse realmente con Dios, y así Dios le pueda quitar esa venda que le impide ver con claridad.


Finalmente, las personas tibias necesitan llevar una vida más ordenada, priorizada según una escala de valores cristianos. Se debe volver a educar a esta alma haciéndole ver cómo en la vida hay muchas cosas, pero unas tienen más importancia respecto a otras; esta constatación exige una recuperación de los valores, alterados o cambiados por la tibieza. No tengamos temor a exigir algún tipo de sacrificio, porque uno de los síntomas de la mediocridad lo constituye el horror al sacrificio. Que sacrifique parte del descanso, distracciones, gustos, aunque sean legítimos, para fortalecer la voluntad.

es.catholic.net

Los defectos de los santos

Algunos libros de vidas de santos han omitido las debilidades de sus protagonistas, probablemente porque temían que nos escandalizáramos al saber que fueron hombres y mujeres como nosotros.

Pero precisamente es bueno comprobar que los que están en los altares no son de cera, ni de yeso, ni de plástico, sino, como todos los mortales, de carne y hueso, sufren dolores y tienen sus agobios; son personas comunes que tienen que tomar medicamentos o duermen mal o se distraen en la oración.

 Muchos libros han puesto a los canonizados tan distantes de nosotros, que lo único que podemos hacer es admirarlos. Los colocan tan lejos, tan arriba, tan cubiertos de ropajes incómodos y ostentosos, tan desligados de todo lo nuestro, que no hay forma de imitarlos. Estas biografías nos convencen que la santidad no es para nosotros.

Pero las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: ellos luchaban y ganaban, luchaban y perdían y entonces volvían a la lucha.

En la vida de las almas santas hay algunas veces cosas extraordinarias, acontecimientos sobrenaturales, intervenciones claras de Dios. Pero no son éstas las que los llevaron a ser santos, pues las acciones no eran de ellos, sino de Dios. Lo que los hizo santos fue la generosidad en la correspondencia al amor de Dios en su vida ordinaria, en todos los días, los meses, los años en los que no hubo cosas extraordinarias.

Es bueno saber que santa Teresita del Niño Jesús tenía una terquedad invencible desde niña; que san Alfonso María de Ligorio tenía un genio endemoniado; que san Agustín fue un gran pecador antes de su conversión y que santa Teresa de Jesús confesó nunca haber podido rezar un rosario completo sin distraerse.

Es admirable ver a los santos: hombres muy hombres y mujeres muy mujeres, con grandes virtudes, acciones heroicas y fallos garrafales.

La santidad no consiste en subirse a una columna con una palma en la mano y un crucifijo en el pecho. Los santos no son inactivos, siempre se mueven haciendo cosas tan simples como preocuparse por la enfermedad de un hermano, dar de comer al perro, cumplir con su trabajo y hacer con alegría los encargos que les piden.

Estos son los santos de hoy, los que van en el metro, rezan a la Virgen, trabajan en el campo, escriben a máquina, descansan el fin de semana y vuelven todos los lunes al mismo trabajo, preocupándose sólo de hacer extraordinariamente bien aquello que les ha tocado hacer.

Jesús Urteaga Loidi

Esta es la Iglesia Católica

Aquí les dejo un video muy bueno que habla sobre la iglesia espero que les guste.




 

La Santidad y Las Actitudes

J. Sidlow Baxter dijo una vez, “¿Cuál es la diferencia entre un obstáculo y una oportunidad? Nuestra actitud hacia ello. Cada oportunidad posee una dificultad y cada dificultad posee una oportunidad.”

Cuando todo se ha hecho, nuestra actitud nos define. Más que ambición, experiencia, temperamento, circunstancias, o posesión de talentos, son las actitudes que uno elige que exhiben su caminar en el Espíritu—y directamente afectan su liderazgo.
Una actitud es como una prenda de vestir. Se puede decidir ponérsela o quitársela. Colosenses 3:12 nos dice, “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia….” Este versículo sugiere una acción deliberada e intencionada. Los que creen que la santificación entera crea cristianos tipo robots quienes automáticamente emanan disposiciones positivas están equivocados. Una actitud positiva y saludable es una decisión que siempre debemos ejercer. Sin embargo, además es una decisión que el poder del Espíritu que mora en nosotros nos ayuda a tomar.

La obra de Dios en crear santidad dentro de nosotros nos capacita para que ejerzamos nuestra voluntad en las actitudes que abrazamos y exhibimos. El “yo” se despoja del mando.Un Capitán más grande ahora es quien manda. Y, mientras caminamos hacia la dirección mansa del Espíritu Santo, nos parecemos más y más a Jesús cada día.

La única discapacidad en la vida es una mala actitud.” – Scott Hamilton
Dr. Louie Bustle
sanctusmundi.wordpress.com

El único negocio importante: la santidad

La santidad no consiste en subirse a una columna con una palma en la mano y un crucifijo en el pecho.

Los defectos de los santos
Algunos libros de vidas de santos han omitido las debilidades de sus protagonistas, probablemente porque temían que nos escandalizáramos al saber que fueron hombres y mujeres como nosotros.
Pero precisamente es bueno comprobar que los que están en los altares no son de cera, ni de yeso, ni de plástico, sino, como todos los mortales, de carne y hueso, sufren dolores y tienen sus agobios; son personas comunes que tienen que tomar medicamentos o duermen mal o se distraen en la oración.

Muchos libros han puesto a los canonizados tan distantes de nosotros, que lo único que podemos hacer es admirarlos. Los colocan tan lejos, tan arriba, tan cubiertos de ropajes incómodos y ostentosos, tan desligados de todo lo nuestro, que no hay forma de imitarlos. Estas biografías nos convencen que la santidad no es para nosotros.
Pero las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: ellos luchaban y ganaban, luchaban y perdían y entonces volvían a la lucha.
En la vida de las almas santas hay algunas veces cosas extraordinarias, acontecimientos sobrenaturales, intervenciones claras de Dios. Pero no son éstas las que los llevaron a ser santos, pues las acciones no eran de ellos, sino de Dios. Lo que los hizo santos fue la generosidad en la correspondencia al amor de Dios en su vida ordinaria, en todos los días, los meses, los años en los que no hubo cosas extraordinarias.
Es bueno saber que santa Teresita del Niño Jesús tenía una terquedad invencible desde niña; que san Alfonso María de Ligorio tenía un genio endemoniado; que san Agustín fue un gran pecador antes de su conversión y que santa Teresa de Jesús confesó nunca haber podido rezar un rosario completo sin distraerse.
Es admirable ver a los santos: hombres muy hombres y mujeres muy mujeres, con grandes virtudes, acciones heroicas y fallos garrafales.
La santidad no consiste en subirse a una columna con una palma en la mano y un crucifijo en el pecho. Los santos no son inactivos, siempre se mueven haciendo cosas tan simples como preocuparse por la enfermedad de un hermano, dar de comer al perro, cumplir con su trabajo y hacer con alegría los encargos que les piden.
Estos son los santos de hoy, los que van en el metro, rezan a la Virgen, trabajan en el campo, escriben a máquina, descansan el fin de semana y vuelven todos los lunes al mismo trabajo, preocupándose sólo de hacer extraordinariamente bien aquello que les ha tocado hacer.
Jesús Urteaga Loidi, Los defectos de los santos.
Tú también puedes ser santo
Seguramente habrás oído a alguien decir que todos los cristianos estamos llamados a ser santos y tal vez no puedes imaginarte a ti mismo como estatua de yeso en el altar de una Iglesia, rodeado de veladoras y reliquias. Tal vez te parezca ridículo pensar que se fabriquen estampitas con tu fotografía, a la que le hayan sobrepuesto una coronilla refulgente alrededor de la cabeza.
Sin embargo, ser santo no tiene nada que ver con las estatuas y las estampitas. Ser santo es llegar al cielo para estar con Dios y a eso es a lo que estás llamado desde que fuiste concebido en el seno de tu madre.
Seguramente también habrás oído a algún pesimista decir que este mundo no tiene remedio, que va directo a la perdición. Pero esto no será cierto si tú no lo permites.
Es verdad que el ambiente es difícil, que la Iglesia tiene muchos problemas, que hay muchísima gente caminando por senderos equivocados, pero eso ha sucedido siempre.
Desde el principio de la humanidad, han sido sólo unos cuantos los que han seguido a Dios y en ellos Él ha puesto toda su confianza. Dios, el ser supremo, el omnipotente, el omnipresente, siempre ha querido necesitar del hombre para salvar al hombre y con unos cuantos que le han respondido ha podido lograr que la Iglesia sobreviva, a pesar de todos los ataques que ha sufrido externa e internamente.
Dios llama a todos, pero sólo unos cuantos le responden. Ésos son los santos: hombres y mujeres llenos de debilidades y defectos que se han puesto a la disposición de Dios; que han estado dispuestos a darle cinco panes y dos peces para que Él pueda dar de comer a cinco mil hombres; que le han prestado una casa para que Él instaure la Eucaristía; que han quitado piedras de los sepulcros para que Él resucite a los muertos. Hombres y mujeres que se han animado a ser fermento, a ser sal, a ser luz para iluminar a los demás.
El pertenecer a esos pocos que escuchan y responden a Dios sólo depende de ti. Dios pide tu ayuda, cuenta contigo para salvar a muchísimos hombres, pero sólo tú eres el encargado de responderle positiva o negativamente.
Dios te llama a través de lo diario, de lo cotidiano, de tus compañeros y maestros, de tus tareas, de tus problemas, éxitos y fracasos. Todo lo que pasa a tu alrededor es un mensaje divino que te llama a ser santo ahí donde Dios te ha puesto, en esa casa, en esa escuela, en ese trabajo, con esos compañeros y esos hermanos para que los transformes con tu luz.
¡Te conviene ser santo!
Sin duda, la santidad es el mejor negocio en el que puedes invertir, pues te asegura la felicidad no sólo para unos cuantos años, no sólo para toda tu vida, sino para toda la eternidad.
Jesús lo dijo a los apóstoles en cierta ocasión:
No atesoréis bienes en la tierra, donde el orín y la polilla los corroen y los ladrones los roban. Atesorad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni orín, ni ladrones. Pues donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón.”
(Mt. 6, 19-21)
Formar un tesoro en la tierra es muy complicado: requiere de tiempo, de grandes cálculos en las inversiones, de muchas angustias e inseguridades: que si las tasas de interés bajan; que si la moneda se devalúa; que si hubo un fraude en la empresa. Para colmo, cuando por fin consigues tener los bienes materiales que tanto añorabas, descubres que éstos se descomponen, se rompen, se pierden, se echan a perder o se vuelven obsoletos.
En cambio, formar un tesoro en el cielo es muy sencillo, pues no hay agentes externos que puedan influir en él: tú eres el único que puede aumentarlo o disminuirlo. Hacer un tesoro en el cielo es trabajar por ser santo y esto se consigue con buenos pensamientos y buenas acciones. Todo lo que ganes con ellos durará para siempre y nada ni nadie te lo podrá quitar, romper, perder o estropear.
Ser santo es aumentar todos los días y a cada instante ese tesoro que tienes en el cielo. Ser santo es tan sencillo como cumplir a la perfección con tus deberes ordinarios, en el momento y en el lugar en que debes cumplirlos.
Algunos obstáculos para ser santo
Ser santo es sencillo, pero requiere de mucha valentía, coraje y fortaleza, porque no es algo que “esté de moda” y que el ambiente te ayude a conseguir. Por el contrario, si quieres de verdad llegar a ser santo, encontrarás miles de obstáculos en el camino, empezando por ti mismo:
– Tu pasión dominante o “talón de Aquiles”. Si observas un poco tu vida, encontrarás que miles de veces no has respondido como Dios lo esperaba de ti. Frente al llamado que te hace Dios a la perfección, encontrarás en tu vida presunciones, desesperaciones, perezas, enojos, riñas, odios, gula, impurezas, supersticiones, mentiras, venganzas y omisiones. Luchar contra todo esto a la vez puede resultar imposible, como si trataras de matar a miles de mosquitos dando golpes con una espada en el aire. Lo que tienes que encontrar es la raíz de estas caídas, tu talón de Aquiles, el nido de donde provienen los mosquitos, y arremeter contra él con todas tus fuerzas. Algunos tienen este defecto dominante en los ojos, otros en la lengua, otros en la imaginación. Si de verdad quieres ser santo, deberás descubrir cuál es el origen de tus defectos.
– El desánimo. Tal vez empieces a recorrer el camino hacia la santidad con grandes ilusiones, pero debes estar consciente de que vas a caer mil veces y vas a tener que levantarte otras tantas. El desánimo es “guillotina de santos” no permitas que se apodere de tu vida y te haga decir o pensar que no sirves para eso, que tienes demasiados defectos, que no eres capaz. Todos los santos han tenido defectos y fallos, pero su santidad ha consistido en saber levantarse a tiempo y seguir adelante.
– El agobio del trabajo. Puede ser también que al darte cuenta de las necesidades que tiene la Iglesia, de los problemas que existen en el mundo, te sientas agobiado, como si te encontraras solo con una pala ante la misión de trasladar una montaña a otro lugar. El agobio te vuelve ineficaz y eso no lo quiere Dios. Hay mucho trabajo que hacer, pero debes empezar por lo que a ti te corresponde, en el estado y condición de vida en donde Dios te ha puesto. Si trabajas en lo que debes, Dios se encargará de lo demás. El agobio es el mismo que sintieron los apóstoles cuando Cristo les dijo que sentaran a las cinco mil personas y les dieran de comer. Los apóstoles pudieron conseguir solamente cinco panes y dos peces y Jesús hizo lo demás y todos quedaron saciados.
– El pesimismo. Los pesimistas no pueden ser apóstoles y mucho menos santos. Los pesimistas se quejan de su trabajo, de los pocos frutos que obtienen, de sus achaques, de sus problemas, del calor y del frío. El pesimista hace insoportable la vida a los demás, pues su tristeza se contagia. Los santos son alegres y optimistas, nada puede nublar su cara, pues saben que están en las manos de Dios, que es todopoderoso y que los ama.
– La rutina. Tal vez tu vida te parezca aburrida por ser igual a la del resto de los jóvenes que pueblan el mundo: la escuela, el trabajo, los amigos, las fiestas, la familia. ¡Bah! ¿En qué se diferencia tu vida de la del resto del mundo? ¿En qué te distingues tú, que quieres ser santo? Hay una frase que dice: “Con las mismas piedras se puede adoquinar una calle o construir una catedral” Así es tu vida, tienes las mismas herramientas que cualquier otro joven de tu edad, pero si vives con rutina solamente verás piedras en las piedras. En cambio, si desechas la rutina, podrás ver en cada piedra la posibilidad de construir una catedral; empezarás a descubrir los milagros que Dios realiza frente a ti a cada momento. El secreto está en mantenerte en contacto con Dios para ver todo con ojos de Dios.
– El “aborregamiento”. Si observas a los borregos, verás que caminan en el anonimato: con las orejas caídas sin mirar al cielo; viendo mecánicamente al que va delante de ellos. Un santo nunca puede caminar como borrego, en medio de la multitud haciendo lo que los otros hacen. Tú eres diferente de los demás y no debes tener miedo de comportarte de manera diferente a los otros, que sólo reaccionan ante el aullido del coyote o el silbido del pastor. Para ser santo debes dejar de ser borrego; atreverte a caminar contra corriente en tu estilo de vestir, de divertirte, de hablar y de pensar, comportándote como lo que eres: un hijo de Dios.
– Las omisiones. Los santos no saben cruzar los brazos con una sonrisa y encogerse de hombros para contemplar cómo los demás caminan por senderos erróneos. Los santos están alerta para corregir, defender, enmendar los daños que otros puedan provocar; los santos buscan la ocasión de ayudar, no esperan que ésta les caiga encima, no se quejan de la situación del mundo: sino que luchan por hacerla mejor.
Medios para llegar a ser santo
La oración humilde
A estas alturas ya sabes cuán importante es la oración en la vida de un cristiano, pero justamente porque ya lo sabes y estás trabajando por ser mejor cada día, puede ser que caigas en la oración del fariseo, que daba gracias a Dios por no ser tan malo como los otros.
No hacía mas que jactarse de sus avances ante Dios. Este tipo de oración no sirve para alcanzar la santidad. La oración útil es aquella en la que reconoces que sin Dios no puedes hacer nada y pones toda tu confianza en Él.
El plan de vida
Consiste en trazar un plan concreto de acción para vencer tu defecto dominante.
En él tendrás que incluir metas a corto y largo plazos, así como los medios que utilizarás para alcanzarlas.
La frecuencia en los sacramentos
Como seguirás teniendo caídas, debes estar siempre cerca del sacramento de la confesión para levantarte inmediatamente. De la misma manera, necesitarás fuerzas sobrenaturales para vencer todos los obstáculos que se te presenten y sólo las encontrarás en la Eucaristía. Recuerda que la fuerza está en Dios, que tú puedes conseguir cinco panes, pero Dios, con ellos, puede alimentar a 5,000 hombres.
Reflexiones y decisiones para ser santo
Para meditar personalmente
– Imagina que escribieras una autobiografía que se titulara “La vida de san X”, que incluyera tus datos de nacimiento, familia y cómo ha sido tu vida hasta el día de hoy. Imagina qué escribieras en ella cómo sería tu vida de aquí en adelante, el momento en que empezaste a trabajar por ser santo, poniendo todo lo que te gustaría hacer por el mundo y por las almas. ¿Te das cuenta de lo maravilloso que sería hacer realidad esa biografía y de que algo dentro de ti te dice que puede ser posible?
– ¿Cómo elaborarías un plan de vida para combatir tu defecto dominante? Podrías escribir en él el nombre de tu defecto, sus principales manifestaciones, las metas que quieres conseguir a corto plazo y unos cuantos medios concretos para conseguirlas.
– ¿Qué impresión tiene la gente acerca de los santos cuando ve las estatuas en las iglesias o cuando lee sus biografías? Después de leer este artículo, ¿tú que opinas de los santos?
Ideas para Recordar
– Los santos han sido hombres y mujeres con las mismas debilidades que cualquiera de nosotros. La única diferencia es que ellos han puesto esas debilidades en las manos de Dios.
– Por muy extraño que parezca, cada uno de nosotros está llamado a ser santo ahí donde Dios lo ha puesto.
– La santidad es el mejor negocio en el que podemos invertir, pues nos garantiza la felicidad, no para un día ni un año, sino para toda la eternidad.
– Para ser santos encontraremos muchos obstáculos que debemos vencer: nuestra pasión dominante, el desánimo, el agobio, el pesimismo, la rutina, el “aborregamiento” y las omisiones.
– Los mejores medios para alcanzar la santidad son la lucha continua, la oración y los sacramentos.
Decisiones
En ti está la decisión de cambiar y ser santo; para ayudarte, aquí te proponemos algunas líneas de acción:
– Pondré en práctica mi plan de vida para que no se quede en un papel, recordando siempre la frase que dice: “el infierno está lleno de gente con buenos propósitos”.
– Empezaré a ser santo el día de hoy haciendo las cosas ordinarias extraordinariamente bien.
Lucrecia Rego de Planas
sanctusmundi.wordpress.com

Articulo de Juan Pablo II: Ser Santos

La santidad no es algo reservado a algunas almas escogidas; todos, sin excepción, estarnos llamados a la santidad.

Ya he escuchado las preguntas que queréis hacerme: ¿Cómo podemos llegar a ser santos si hay tantos obstáculos en nuestro camino? ¿Cómo podemos ser honrados si hallamos atropello y corrupción a nuestro alrededor? ¿Cómo podemos llegar a ser santos si el camino más seguro para ganarse la vida es destacar y explotar a los otros? ¿Cómo podemos ser santos si vivimos en un mundo que devalúa el verdadero amor o no aprecia la belleza del amor casto? Escucho estas preguntas y otras muchas. Dios Padre conoce vuestras dificultades, pero también conoce la profundidad con que queréis hacer bien las cosas; la profundidad con que queréis seguir a Cristo, porque sabéis que «Él es el camino, la verdad y la vida».
La santidad, más que una conquista, es un don que se concede: el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.


La Iglesia, más que de «reformadores», tiene necesidad de santos, porque los santos son los auténticos y más fecundos reformadores.
Vivid con valentía vuestra vida personal, aun cuando os parezca insignificante. La gran maestra de la vida insignificante, Teresa de Lisieux, en sus pocos años de vida, nos enseñó la grandeza que pueden tener ante Dios las actividades insignificantes, normales.
Existe, por un lado, la santidad llamativa de algunas personas; pero también existe la santidad desconocida de la vida diaria.
Todo el que quiera comenzar un camino de perfección no puede renunciar a la cruz, a la mortificación, a la humillación y al sufrimiento, que asemejan al cristiano con el modelo divino que es el Crucificado.
¡Hacer la voluntad de Dios! ¿No está acaso en esto la quintaesencia de la santidad?
Todos están llamados a amar a Dios con todo su corazón y con toda el alma, y a amar al prójimo por amor a Dios. Nadie está excluido de esta llamada tan clara de Jesús. Vosotros, por tanto, «sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial».
Un santo es, en su vida y en su muerte, traducción del Evangelio para su país y su época. Cristo no vacila en invitar a sus discípulos al seguimiento, a la perfección. El Sermón de la Montaña es la única escuela para ser santos. ¡No tengáis miedo ante esa palabra!, ¡no tengáis miedo ante la realidad de una vida santa!
La humildad es el primer paso hacia la santidad.
La santidad consiste, primeramente, en vivir con convicción la realidad del amor de Dios, a pesar de las dificultades de la historia y de la propia vida.
La santidad consiste, además, en la vida de ocultamiento y de humildad: saberse sumergir en el trabajo cotidiano de los hombres, pero en silencio, sin ruidos de crónica, sin ecos mundanos.
La santidad del hombre es obra de Dios. Nunca será suficiente manifestarle gratitud por esta obra. Cuando veneramos las obras de Dios, veneramos y adoramos sobre todo a Él mismo, el Dios Santísimo. Y entre todas las obras de Dios, la más grande es la santidad de una criatura: la santidad del hombre.
Aunque la santidad nace de Dios mismo, a la vez, desde el punto de vista humano, se comunica de hombre a hombre. De este modo, podemos decir también que los santos «engendran» a los santos.

Juan Pablo II

La Santidad en lo cotidiano

En nuestra época otras de las palabras poco escuchadas es “santidad”. Quizá algunos medios masivos la toman cuando se presenta un acontecimiento ligado a la religiosidad popular. Otras veces a los santos se los presenta como figuras que no se asemejan a los hombres y mujeres comunes. Se hace referencia más por sus aspectos extraordinarios que por haber vivido la santidad en la vida ordinaria. Lamentablemente algunas biografías ayudan a acentuar esta imagen distante de la santidad. El Papa Juan Pablo II en la carta “Novo Millenio Ineunte”, escrita al comenzar un nuevo milenio y siglo nos aclara sobre el tema: “Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable solo para algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno” (31).

En realidad la Iglesia nos propone estos modelos, para que nosotros veamos que la santidad es posible. Si es raro escuchar hablar de la santidad, puede ser más difícil entender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los bautizados tenemos el llamado y la posibilidad de ser santos.
El Papa Juan Pablo II al escribir esa carta iniciando el siglo XXI nos decía que en la base de toda programación pastoral deberemos poner la santidad como primer objetivo aunque esto parezca poco práctico. Nosotros como Diócesis hemos realizado un camino de preparación hacia el año jubilar, nuestros cincuenta años de creación de la Diócesis, que lo hemos celebrado en 2007 con nuestro primer Sínodo Diocesano. Durante este tiempo estamos buscando caminos para asumir las conclusiones de dicho Sínodo, sintetizadas en el texto: “Orientaciones pastorales”. En la base de este camino que seguimos realizando está el tema de la conversión a Jesucristo y por lo tanto la necesidad de respaldar nuestra acción evangelizadora con la búsqueda de la santidad.
Este fin de semana desde el 18 al 20 de este mes realizamos un nuevo encuentro de “Pastoral de la Región NEA”, en Formosa. En ese encuentro más de 200 delegados de las diócesis del nordeste argentino, junto a los obispos de la región tomamos como tema central “la iniciación cristiana”, y el itinerario de la Fe. Juntos hemos iniciado una profundización en aquello que “Aparecida” nos pide de buscar caminos para ser realmente “discípulos y misioneros” de Jesucristo, el Señor, en América Latina en este inicio de siglo. El Espíritu Santo, que acompaña a su Iglesia, va ayudándonos a que con alegría renovemos nuestra fe y demos las respuestas que nuestro tiempo está necesitando.
El texto del Evangelio de este domingo (Mt. 13, 24-43), puede ayudarnos a comprender como en la sociedad, pero también en nuestro corazón conviven el trigo y la cizaña. El Apóstol San Pablo diría la lucha que se da entre el hombre viejo y el hombre nuevo. La cizaña gana espacio en una sociedad o ambiente, o bien, en las estructuras de pecado, cuando cada persona o ciudadano, se permite optar por el uso de cualquier medio malo para lograr un fin determinado. Desde el texto bíblico podemos decir que es allí cuando crece la cizaña. Por el contrario el tener ideales, el buscar la santidad, nos permiten que el trigo crezca y que nuestros ambientes y sociedad sean vivibles. Desde ya que esta búsqueda de la santidad es un llamado para todos los cristianos, para que cada uno viva a fondo su vocación y misión. Pero hay que subrayar que los laicos que son la mayoría del pueblo de Dios, tienen una especial responsabilidad en este tiempo de discipulado y misión porque a ellos les toca en sus ambientes, transformar las realidades temporales, ser instrumentos directos en la cotidianeidad de la evangelización y humanización de la cultura. Si creemos posible una sociedad y cultura más sana, donde crezca el trigo, deberemos disponernos a quitar la cizaña de nuestro corazón que tanto perjudica a los demás y nos sumergen en la oscuridad.

Mons. Juan Rubén Martínez,
 

¡Decídete a tomar en serio a Dios!

“¡A ver cuándo te enteras de que tu único camino posible es buscar seriamente la santidad! Decídete —no te ofendas— a tomar en serio a Dios. Esa ligereza tuya, si no la combates, puede acabar en una triste burla blasfema”. (Surco, 650).


Cuando nos acercamos a ese tesoro de vida interior que constituyen Camino, Surco y Forja, las tres obras de Josemaría Escrivá, quedamos admirados de la sabiduría espiritual de que están animados los sencillos e instantáneos pensamientos de que se componen. Y en efecto es precisamente ésta una de las felices características de esas tres colecciones de enseñanzas del fundador del Opus Dei: la brevedad de la palabra unida a la intensidad del contenido. Maestro moderno y siempre actual de vida interior, Escrivá de Balaguer escribe: “¡A ver cuándo te enteras de que tu único camino posible es buscar seriamente la santidad!” (Surco, n. 650).


En estas palabras encontramos el eco vivísimo de la enseñanza conciliar sobre la llamada universal a la santidad. Porque se trata precisamente de una invitación a la santidad dirigida a todos: una santidad que es la única meta seriamente deseable en esta vida.


Card. Dionigi Tettamanzi, Arzobispo de Milán, Italia.
sanctusmundi.wordpress.com

¿Qué es servir?

Se ve que la virtud del servicio no está de moda, no es rentable. Cuando se busca literatura sobre este tema se pueden encontrar libros especializados sobre empresas en donde se dan recetas para que el cliente quede satisfecho y ejemplos de lo que les ha redituado esas recetas.

Si bien servicio y cliente (los demás) van de la mano y son inseparables, lo primero que se puede decir al leer este tipo de literatura es que el servicio no es una receta, no se puede dar por decreto, sino que debe ser algo más profundo, una especie de hábito personal, una especie de virtud que se ejerce desde el fondo de la persona y que termina por generar lo que se conoce como espíritu de servicio.


Cuando se habla de servir, se habla necesariamente de alguien que recibe ese servicio. Es por eso que mencionábamos que servicio y los demás es un binomio inseparable.
Podemos afirmar que el servicio es esa disposición interna por la que se está al pendiente de las necesidades de los demás y de satisfacerlas en la medida de lo posible.
Quizá en la misma definición que se acaba de dar se encuentra la dificultad para vivirla y posiblemente la razón de la mala fama que tiene el servicio, ya que implica pensar en los demás y en la actualidad se vive más la actitud opuesta al servir que es el egoísmo.
Servir, implica observación y posteriormente la detectación de las necesidades de los demás, sin embargo hay que reconocer que normalmente estamos pendientes, casi de manera exclusiva de nuestras propias necesidades.
Partiendo de la misma definición, se puede afirmar que no solo implica detectar lo que se necesita –que se podría decir que es la parte pasiva-, sino que está la parte activa de resolver, en la medida de lo posible esas carencias que se van detectando.
Hace poco me comentaban de una reunión, en la que el anfitrión de una manera discreta iba resolviendo lo que sus invitados necesitaban. Cuando alguno encendía un cigarrillo, de una manera discreta y sin ostentaciones le acercaba el cenicero. Al momento de comer, alguno sin decir nada buscaba algo en la mesa y el acercaba el salero o le servía más agua. A un conocido que acababa de tener cierto logro en su empresa y que se le veía que quería platicarlo, le daba pie para que comenzara con su conversación. La reunión se llevaba a cabo en el patio, y de repente uno de ellos se vio cobijado por una chamarra sin siquiera haberla pedido, solamente había comentado que se comenzaba a sentir un poco fresco.
Lo que les llamaba la atención era ese estar pendiente de ellos y la forma que tenía el anfitrión de adelantarse a sus necesidades de una manera tan acertada.
Esto es lo que llamamos detectar necesidades.
Cuando alguna persona le preguntó como le hacía para ser tan acertado en la detección de las necesidades de los demás, comentó que observaba y se preguntaba que es lo que él necesitaría en ese momento.
Sin querer estaba describiendo una virtud anexa al servicio como lo es el hábito de la empatía.
Sin caer en definiciones etimológicas, cuando se habla de la empatía, se suele hacer un símil con un término que se usa mucho: empatar. Cuando alguien empata significa que iguala lo de otra persona. Por ejemplo se empata un partido de algún juego cuando el resultado es el mismo para los dos equipo. Empatar sentimientos es sentir lo mismo que está sintiendo la otra persona. Empatía –sentir con- es descubrir lo que la otra persona siente y pensar que cosa sentiría uno mismo,  en esas mismas circunstancias. De aquí se desprende una nueva virtud anexa al servicio como es la comprensión.
En la literatura de servicio, en la cual no se habla de virtudes, la empatía la asemejan a la famosa frase “pensar como cliente”. Normalmente en las empresas uno está acostumbrado a realizar su trabajo sin pensar que éste es interdependiente con el trabajo de otros. Que lo que normalmente se hace tiene importancia para el trabajo de los demás. Por ejemplo una recepcionista de hotel, nos puede afirmar que su trabajo es darle entrada a los huéspedes, registrándoles y asignándoles la habitación. De acuerdo, lisa y llanamente ese es su trabajo, pero cuando se le pide que piense como cliente debe empatar los sentimientos que tiene cualquier persona que llega a un lugar desconocido y pensar cómo le gustaría que la trataran.
Hace tiempo en un departamento de recursos humanos se les pidió a los que laboraran ahí, aprovechando el cambio de guardias de seguridad que no los conocían, a que hicieran un simulacro para solicitar empleo en su misma empresa. Para darle más realismo se pusieron oficinistas en ese departamento de otra planta, que no los conocían. Los resultados no fueron del todo agradables. Tuvieron su disgusto con los guardias por el trato que les dieron, y con los oficinistas por el tiempo que les hacían esperar y la poca información que les daban.
La idea era que se dieran cuenta que independientemente que realizaran bien su trabajo, el pensar como clientes –empatía- les descubrió una serie de defectos y errores que no les gustaron vivir y que algunos comenzaron a cambiar.
Saber meterse en los zapatos de los demás es sentir con ellos y lo más importante detectar las necesidades que van surgiendo con lo cual la virtud del servicio se comienza a vivir.
Sin embargo, aunque detectar las necesidades de los demás es ya un logro, se queda estéril si esas necesidades no se cubren.
Al hablar con gerentes y supervisores, cuando preguntan por la esencia de la gerencia y de la supervisión se les contesta que consiste en «estar al pendiente de que las personas que trabajan con ellos tengan todo lo necesario para realizar bien su trabajo» en pocas palabras se les está hablando del servicio y de la empatía.
Se afirma que la atención de una persona solamente puede estar fija efectivamente, en una sola cosa a la vez. Posiblemente se esté pensando en esa persona que alguna vez ha hablado con nosotros y que mientras lo hace mete datos a la computadora y contesta el teléfono, alguna de las tres cosas sufre por su falta de atención.
La atención del ser humano solamente puede estar centrada en sí misma o en los demás. Cuando la atención la fijo exclusivamente en lo mío, se sufre, porque las carencias personales hacen que uno se sienta mal.
Ha habido ocasiones, en la experiencia de cada uno, que al llegar al trabajo se viene molesto, quizá por algún disgusto con la pareja, o posiblemente se trae un dolor de cabeza. Al llegar al trabajo se da cuenta que tiene demasiadas cosas importantes por hacer y de inmediato se pone a realizarlas. Posiblemente con tanta carga de trabajo se olvide hasta de ir a comer. Sin darse cuenta el día se le va volando y cuando menos se lo imagina ya es la hora de regresar a casa. Al salir, se acuerda nuevamente del disgusto y posiblemente el dolor de cabeza vuelva a aparecer.
Mientras estuvo activo, pensando en el trabajo y realizándolo se olvido de sí mismo, puesto que la atención estuvo centrada en sus labores. Al salir  la atención vuelve a centrarse en sí mismo y todo lo negativo vuelve a aparecer.
Todo este ejemplo viene a colación tratando de entender la frase de Víctor Frankl, que afirma que «la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, cuando más se quiere abrir hacia adentro, más se cierra»
El servicio que es esa virtud que nos saca de nosotros mismos tiene como consecuencia esa felicidad porque nos hace pensar en los demás, esto es ver hacia fuera.
Se puede afirmar sin temor a equivocarse que una de las primeras consecuencias de vivir el servicio es la alegría.
Una de las características destacables de este mundo globalizado es el egoísmo. Se nos invita a pensar exclusivamente en nosotros y algunos se lo toman muy en serio. Vemos cómo el matrimonio se convierte en ocasiones como una fuente de desarrollo del egoísmo. La misma competitividad, que dentro de ciertas reglas y bajo ciertas perspectivas es buena, se torna en una búsqueda de objetivos personales que para conseguirlos se pasa por encima de los demás.
Poco se habla de la soledad que se genera alrededor del egoísmo. Quizá por esto hablar de servir no es tan interesante aparentemente.
En nuestras experiencias personales, las actitudes de servicio se puede demostrar que se pagan solas. Brindan una satisfacción personal en ocasiones difíciles de describir. El olvido de uno mismo, se puede afirmar, que es también el inicio de la solución de muchos conflictos. Cuando alguien se centra en sí mismo, detectará carencias reales e inventadas y de acuerdo a su temperamento, hasta podría aumentar la susceptibilidad.
Hace poco una persona que tuvo que guardar cama por varios días debido a una enfermedad, contaba que se planteó dos posibles actitudes: hacerse el centro de atención de su casa o procurar pensar a pesar de su indigencia en hacerle la vida agradable a los demás.
Optó por la primera y se dio cuenta que todos a su alrededor seguían su vida normal, tareas, quehaceres etc. No quiere decir que se olvidaran de visitarlo o de ayudarle los miembros de su familia, que estaban preocupados por su salud, sino que tenían que hacer en la medida de lo posible sus propias vidas.
El enfermo después del segundo día, se sintió solo, que nadie lo tomaba en serio, que solo lo tomaban en cuenta como proveedor etc. Decidió cambiar de actitud y volcarse en los demás, conversar más con ellos cuando llegaban a saludarlo y no darle tanta importancia a sus síntomas cuando le preguntaban por ellos y de hecho cambiaba la conversación interesándose más por lo ocurrido a lo largo del día en la escuela o en el trabajo. Mandó comprar dulces que repartía a sus visitas y se cuestionaba que más podía hacer por aquellas personas que lo visitaban. Seguía con sus dolores pero como él mismo afirmaba se había quitado el que más le costaba y que se llamaba egoísmo.
Pensar como clientes
Una de las mejores formas de vivir el servicio es la pensar como clientes. A las empresas cuyo trato con el personal es directo se les pide que piensen como si fueran clientes y que se darían cuenta la cantidad de cosas que podrían cambiar.
Se vuelve al aspecto empático. Cada uno en la empresa que labore, sea cual sea  su giro, debe pensar en las carencias que presentan los demás pensando ellos mismos como clientes.
A un gerente que tenía un alto índice de rotación se le pidió que viviera como personal de línea por lo menos un día y que tomara acciones de acuerdo a lo que vivía. Después de ese día, se preocupó más por el baño y el comedor y tuvo una larga charla con un supervisor de carácter un tanto agrio. Se dio cuenta de la cantidad de material básico que se necesitaba para que el personal hiciera productivamente su trabajo; descubrió el calor insoportable que se sentía en la  línea y descubrió también porque se gastaba tanta agua. Solo lo consiguió pensando como cliente y en sus propias necesidades.
A cierto médico le tocó ser atendido, debido a un accidente en el mismo hospital que trabajaba y se dio cuenta la cantidad de cosas que se pasaban por alto y el trato indigno que se recibía en ese hospital. Posiblemente ya lo intuía, pero al vivirlo como cliente se dio cuenta de la cantidad de cosas que debería cambiar.
Hay personas que aún no alcanzan a entender que una de las mejores maneras de generar un liderazgo eficaz en su lugar de trabajo, es sirviendo. Como se viene afirmando el objeto del servicio es de alguna manera el resolver carencias. Cuando alguna persona nos ayuda en nuestras necesidades y lo hace con cierta continuidad, se crea una admiración y un sentido de respeto por lo que hace y esto es una manera de consolidar el liderazgo.
Para terminar me gusta repetir esta frase que encierra en sí misma una dosis de sabiduría:
¿Sirves o no sirves?.

                                                     
José Luís Castañeda Lerma
www.sicap-instituto.com