miércoles, 29 de diciembre de 2010
Benedicto XVI: Esperar gozosos en Navidad al Niño Jesús que sorprende e ilumina al mundo
En la catequesis de hoy el Santo Padre dijo que "con esta última audiencia antes de la Navidad, nos acercamos maravillados al ‘lugar’ donde para nosotros y para nuestra salvación, todo comenzó, en el que todo encontró su cumplimiento, donde se conocieron y se entrecruzaron las esperanzas del mundo y del corazón humano".
"La espera gozosa, característica de los días que preceden la Navidad, es sin duda la actitud básica del cristiano que desea vivir fructuosamente el encuentro renovado con Aquel que viene a habitar entre nosotros: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre".
Benedicto XVI indicó que "encontramos esta disponibilidad y la hacemos nuestra en los primeros que acogieron la llegada del Mesías: Zacarías e Isabel, los pastores, la gente común, y en especial María y José".
"Todo el Antiguo Testamento constituye una única y gran promesa que se cumplirá con la venida de un salvador. Junto a la espera de los personajes de las Sagradas Escrituras encuentra espacio y significado a través de los siglos, también la nuestra: la que vivimos estos días y la que nos mantiene alerta a lo largo del camino de nuestra vida".
Toda la existencia humana, prosiguió el Papa, está de hecho animada "por este profundo sentimiento, el deseo de que lo más verdadero, lo más hermoso y grande que hemos entrevisto e intuido con la mente y el corazón, nos salga al encuentro y ante nuestros ojos se haga concreto y nos anime".
"Por eso, el Salvador viene para reducir a la impotencia la obra del mal y todo lo que aún puede mantenernos lejos de Dios, para devolvernos al antiguo esplendor y a la paternidad primitiva".
Su venida, "por lo tanto, no puede tener otro propósito que el de enseñarnos a ver y amar los acontecimientos, el mundo y todo lo que nos rodea, con la misma mirada de Dios. El Verbo hecho niño nos ayuda a comprender la forma de actuar de Dios, para que seamos capaces de dejarnos transformar cada vez más por su bondad y su misericordia infinitas".
El Papa exclamó: "¡en la noche del mundo, dejémonos sorprender e iluminar de nuevo por esta venida, por la Estrella, que desde Oriente, inundó de alegría al mundo!" y exhortó a purificar "nuestra conciencia y nuestra vida de lo que es contrario a esa venida: pensamientos, palabras, actitudes y acciones, comprometiéndonos a hacer el bien y a contribuir a instaurar en este mundo la paz y la justicia para todos los seres humanos y caminar así hacia el Señor".
El Santo Padre también reflexionó sobre la importancia del pesebre o nacimiento, tradición de muchos pueblos cristianos alrededor del mundo en Navidad: "es la expresión de nuestra espera, pero también de la acción de gracias a Aquel que decidió compartir nuestra condición humana en la pobreza y la sencillez".
"Me alegro de que siga vigente e incluso se vuelva a descubrir la tradición de preparar el Belén en las casas, en los lugares de trabajo, y de reunión. Este testimonio auténtico de la fe cristiana ofrezca también hoy a todas las personas de buena voluntad una imagen sugestiva del amor infinito del Padre para todos nosotros y que los corazones de los niños y los adultos todavía se sorprendan ante ella".
En español el Papa Benedicto XVI se dirigió especialmente "a los peregrinos de Alange y Córdoba, así como a los demás fieles provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Deseo a todos una feliz Navidad y os invito a preparar vuestro corazón para recibir al Niño Jesús. Que la Virgen María y San José nos ayuden a vivir el Misterio de este tiempo santo con renovada gratitud al Señor, ofreciendo a los demás paz y alegría. Muchas gracias".
El obispo de Phoenix declara que un hospital deja de ser católico
| Monseñor Thomas Olmsted |
El obispo de la diócesis estadounidense de Phoenix, monseñor Thomas Olmsted, promulgó un decreto por el que revocó la condición de católico al Hospital de San José de Phoenix debido a su violación de la doctrina de la Iglesia en prácticas como el aborto y la anticoncepción.
“No puedo verificar que esta organización de asistencia sanitaria vaya a proporcionar un cuidado de la salud en consonancia con la auténtica doctrina moral católica”, declaró este martes al emitir el decreto.
En un comunicado publicado este martes, el prelado destacó que “se tomarán medidas para evitar la impresión de que el hospital es auténticamente católico, como la prohibición de celebrar misa en el hospital y la prohibición de reservar el Santísimo Sacramento en la capilla”.
El obispo explicó que el hospital, y su empresa matriz, Catholic Healthcare West (CHW), con sede en San Francisco, han violado las Directivas éticas y religiosas de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos para las instituciones de asistencia sanitaria.
El obispo Omsted destacó que ha estado trabajando con las instituciones afiliadas durante los últimos siete años, desde que tomó la dirección de esa diócesis.
“Me opuse firmemente a la falta de cumplimiento de esas directivas por parte de CHW, y les dije a los dirigentes que eso constituía una cooperación con el mal que debía ser corregida; porque si una entidad sanitaria quiere llamarse católica (como en la “católica” Healthcare West), necesita adherirse a las enseñanzas de la Iglesia en todas sus instituciones”, explicó.
“En todos mis siete años como obispo de Phoenix, he continuado insistiendo en esta escandalosa situación que era necesario cambiar -informó-. Lamentablemente, a lo largo de estos años, CHW ha elegido no cumplir”.
Trágica decisión
El obispo se enteró a principios de este año de que se había realizado un aborto en el Hospital de San José, violando directamente la doctrina de la Iglesia.
“Fue por tanto mi deber declarar a la persona responsable de esta trágica decisión de permitir un aborto en el San José, la hermana Margaret McBride, RSM, que había incurrido en excomunión por su consentimiento formal de quitar directamente la vida a ese bebé. Hice esto de manera confidencial, esperando evitarle una vergüenza pública”.
El obispo Omsted destacó que desde este incidente, la comunicación con la dirección del hospital “sólo erosionó mi confianza sobre su compromiso con las Directivas éticas y religiosas de la Iglesia para el cuidado de la salud”.
Por otra parte, durante las últimas semanas, el prelado se ha enterado de otras violaciones que han tenido lugar en instalaciones afiliadas, como asesoramiento y distribución de anticonceptivos, esterilizaciones voluntarias y abortos cuando el embarazo era resultado de violación o incesto.
Muchas de esas prácticas tuvieron lugar como parte de un programa del Gobierno llamado Mercy Care Plan, que llevó a CHW y al hospital más de 100 millones de dólares en ingresos anuales.
El obispo explicó que el administrador que informó de estos procedimientos admitió que el hospital y CHW “son conscientes de que este plan consiste en la cooperación formal con malas acciones que son contrarias a la doctrina de la Iglesia”.
Por eso, el prelado decretó que en la diócesis de Phoenix, CHW “no se compromete a seguir las enseñanzas de la Iglesia católica y por tanto ese hospital no puede ser considerado católico”.
El obispo Omsted concluyó: “Durante siete años he intentado trabajar con CHW y el San José, y he esperado y rezado para que no llegara este día, para que este decreto no fuera necesario; sin embargo, los fieles de la diócesis tienen derecho a saber si instituciones de esta importancia son de hecho católicas en identidad y en la práctica”.
Predicación de Raniero Cantalamessa al Papa Parte III, La respuesta cristiana al racionalismo
| Raniero Cantalamessa |
La respuesta cristiana al racionalismo
“DISPUESTOS A DAR RAZÓN DE LA ESPERANZA QUE HAY EN NOSOTROS” (1 Pedro 3,15)
La respuesta cristiana al racionalismo
1. La razón usurpadora
El tercer obstáculo, que hace a mucha parte de la cultura moderna “refractaria” al Evangelio, es el racionalismo. De éste pretendemos ocuparnos en esta última meditación de Adviento.
El cardenal, y ahora beato, John Henry Newman nos dejó un memorable discurso, pronunciado el 11 de diciembre de 1831, en la Universidad de Oxford, titulado The Usurpation of Raison, la usurpación, o la prevaricación, de la razón. En este título está ya la definición de lo que entendemos por racionalismo[1]. En una nota de comentario a este discurso, escrita en el prefacio a su tercera edición en 1871, el autor explica qué entiende con esta expresión. Por usurpación de la razón –dice– se entiende “ese cierto difundido abuso de esta facultad que se verifica cada vez que uno se ocupa de religión sin un adecuado conocimiento íntimo, o sin el debido respeto por los primeros principios propios a ella. Esta pretendida ‘razón’ es llamada por la Escritura ‘la sabiduría del mundo’; es el razonar sobre religión de quien tiene la mentalidad secularista, y se basa sobre máximas mundanas, que le son intrínsecamente extrañas”[2].
En otro de sus Sermones universitarios, titulado “Fe y razón frente a frente”, Newman ilustra por qué la razón no puede ser el último juez en cuestiones de religión y fe, con la analogía de la conciencia.
“Nadie –escribe– diría que la conciencia se opone a la razón, o que sus dictados no puedan ser planteados de forma argumentativa; con todo, ¿quién, de ello, querrá argumentar que la conciencia no sea un principio original, sino que para actuar necesita esperar los resultados de un proceso lógico-racional? La razón analiza los fundamentos y los motivos de la acción sin ser ella misma uno de esos motivos. Por tanto, así como la conciencia es un elemento sencillo de nuestra naturaleza, y sin embargo sus operaciones necesitan ser justificadas por la razón, de la misma forma la fe puede ser cognoscible y sus actos pueden ser justificados por la razón, sin por ello depender realmente de ésta […]. Cuando se dice que el Evangelio exige una fe racional, se quiere decir solo que la fe concuerda con la recta razón en abstracto, pero no que sea en realidad su resultado”[3].
Una segunda analogía es la del arte. “El crítico de arte –escribe– valora lo que él mismo no sabe crear; de la misma forma la razón puede dar su aprobación al acto de fe, sin ser por ello la fuente de la que esa fe emana”[4].
El análisis de Newman tiene rasgos nuevos y originales; saca a la luz la tendencia, por así decirlo, imperialista, de la razón de someter todo aspecto de la realidad a sus propios principios. Pero se puede considerar el racionalismo también desde otro punto de vista, estrechamente unido con el anterior. Por quedarnos en la metáfora política empleada por Newman, podríamos definirlo como la postura del aislacionismo, de cerrazón en sí misma de la razón. Este no consiste tanto en invadir el campo de los demás, sino en no reconocer la existencia de otro campo fuera del propio. En otras palabras, en el rechazo de que pueda existir verdad alguna fuera de la que pasa a través de la razón humana.
Bajo este aspecto, el racionalismo no nació con la Ilustración, aunque ésta haya imprimido en él una aceleración cuyos efectos se observan aún. Es una tendencia con la que la fe ha tenido que echar cuentas desde siempre. No solo la fe cristiana, sino también la judía y la islámica, al menos en la Edad Media, conocieron este desafío.
Contra esta pretensión de absolutismo de la razón, se ha elevado en todas las épocas no sólo la voz de hombres de fe, sino también la de hombres militantes en el campo de la razón, filósofos y científicos. “El acto supremo de la razón, escribió Pascal, está en reconocer que existe una infinidad de cosas que la sobrepasan”[5]. En el instante mismo en que la razón reconoce su límite, lo franquea y lo supera. Este reconocimiento se produce por obra de la razón, y por ello es un acto exquisitamente racional. Es, literalmente, una “docta ignorancia”[6]. Un ignorar “con conocimiento de causa”, sabiendo que no se sabe.
Se debe afirmar por tanto que pone un límite a la razón y la humilla aquel que no le reconoce esta capacidad de trascenderse. “Hasta ahora –escribió Kierkegaard– se ha dicho siempre esto: ‘Decir que esto o aquello no se puede entender, no satisface a la ciencia que quiere entender’. Ese es el error. Se debe decir precisamente lo contrario: mientras que la ciencia no quiera reconocer que hay algo que no puede entender, o –de forma más precisa– algo de lo que ella claramente ‘comprende que no puede entender’, todo estará desordenado. Por ello es un deber del conocimiento humano comprender que existen y cuáles son las cosas que no puede entender”[7].
2. Fe y sentido de lo Sagrado
Es de esperar que este tipo de controversia recíproca entre fe y razón continúe también en el futuro. Es inevitable que cada época vuelva a hacer el camino por su propia cuenta, pero ni los racionalistas convertirán con sus argumentos a los creyentes, ni los creyentes a los racionalistas. Es necesario encontrar un camino para romper este círculo y liberar a la fe de este atasco. En todo este debate sobre razón y fe, es la razón la que impone su elección y obliga a la fe, por así decirlo, a jugar fuera de casa y a la defensiva.
De ello era muy consciente el cardenal Newman, que en otro de sus discursos universitarios pone en guardia contra el riesgo de una mundanización de la fe en su deseo de correr detrás de la razón. Dice que comprende, aunque no puede aceptarlas del todo, las razones de aquellos que están tentados de desvincular completamente la fe de la investigación racional, a causa “de los antagonismos y las divisiones fomentadas por la argumentación y el debate, la confianza orgullosa que a menudo acompaña al estudio de las pruebas apologéticas, la frialdad, el formalismo, el espíritu secularista y carnal, mientras que la Escritura habla de la religión como de una vida divina, arraigada en los afectos y que se manifiesta en gracias espirituales”[8].
En todas las intervenciones de Newman sobre la relación entre razón y fe, entonces no menos debatida que hoy, se observa una advertencia: no se puede combatir el racionalismo con otro racionalismo, aunque sea en sentido contrario. Es necesario por tanto encontrar otro camino que no pretenda sustituir el de la defensa racional de la fe, pero al menos que la acompañe, también porque los destinatarios del anuncio cristiano no son sólo los intelectuales, capaces de empeñarse en este tipo de controversia, sino también la masa de las personas corrientes indiferentes a él y más sensible a otros argumentos.
Pascal proponía el camino del corazón: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”[9]; los románticos (por ejemplo, Schleiermacher) proponían el del sentimiento. Nos queda, creo, un camino que descubrir: el de la experiencia y del testimonio. No pretendo hablar aquí de la experiencia personal, subjetiva, de la fe, sino de una experiencia universal y objetiva que podemos por eso hace valer también ante personas aún extrañas a la fe. Esta no nos lleva hacia la fe plena y que salva: la fe en Jesucristo muerto y resucitado, pero nos puede ayudar a crear el presupuesto para ella, que es la apertura al misterio, la percepción de algo que está por encima del mundo y de la razón.
La contribución más notable que la moderna fenomenología de la religión ha dado a la fe, sobre todo en la forma que ésta reviste en la obra clásica de Rudolph Otto “Lo sagrado”[10], es la de haber mostrado que la afirmación tradicional de que hay algo que no se explica con la razón, no es un postulado teórico o de fe, sino un dato primordial de la experiencia.
Existe un sentimiento que acompaña a la humanidad desde sus principios y que está presente en todas las religiones y las culturas: el autor lo llama el sentimiento de lo numinoso. Este es un dato primario, irreducible a cualquier otro sentimiento o experiencia humana; embarga al hombre con un estremecimiento cuando, por cualquier circunstancia externa o interna a él, se encuentra ante la revelación del misterio “tremendo y fascinante” de lo sobrenatural.
Otto designa el objeto de esta experiencia con el adjetivo “irracional” (el subtítulo de la obra es “Lo irracional en la idea de lo divino y su relación con lo racional”); pero toda la obra demuestra que el sentido que él da al término “irracional” no es el de “contrario a la razón”, sino el de “fuera de la razón”, de no traducible en términos racionales. Lo numinoso se manifiesta en grados diversos de pureza: del estadio menos refinado, que es la reacción inquietante suscitada por las historias de espíritus y de espectros, al estadio más puro que es la manifestación de la santidad de Dios –el Qadosh bíblico–, como en la célebre escena de la invocación de Isaías (Is 6, 1 ss).
Si es así, la reevangelización del mundo secularizado pasa también a través de una recuperación del sentido de lo sagrado. El terreno cultural del racionalismo –su causa y al mismo tiempo su efecto– es la pérdida del sentido de lo sagrado, es necesario por ello que la Iglesia ayude a los hombres a remontar la pendiente y redescubrir la presencia y la belleza de lo sagrado en el mundo. Charles Péguy dijo que “la tremenda penuria de lo Sagrado es la marca profunda del mundo moderno”. Eso se advierte en todo aspecto de la vida, pero en particular en el arte, en la literatura y en el lenguaje de todos los días. Para muchos autores, ser definidos “irreverentes” ya no es una ofensa, sino un cumplido.
La Biblia es acusada a veces de haber “desacralizado” el mundo por haber expulsado a las ninfas y divinidades de los montes, de los mares y de los bosques, y haber hecho de ellos simples criaturas al servicio del hombre. Esto es verdad, pero es precisamente despojándolas de esta falsa pretensión de ser ellos mismos divinidades, como la Escritura los ha restituido a su naturaleza genuina de “signo” de lo divino. Es la idolatría de las criaturas lo que la Biblia combate, no su sacralidad.
Así “secularizada”, la Creación tiene aún el poder de provocar la experiencia de lo numinoso y de lo divino. De una experiencia de este tipo lleva el signo, en mi opinión, la célebre declaración de Kant, el representante más ilustre del racionalismo filosófico:
Dos cosas llenan mi alma de admiración y veneración siempre nueva y creciente, cuanto más a menudo y por más tiempo la reflexión se ocupa de ellas: el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral en mí. […]. La primera comienza desde el lugar que yo ocupo en el mundo sensible externo, y extiende la conexión en la que me encuentro a una grandeza interminable, con mundos y mundos, y sistemas y sistemas; y aún después a los tiempos ilimitados de su movimiento periódico, de su principio y de su duración”[11].
Un científico vivo, Francis Collins, nombrado hace poco académico pontificio, en su libro “El lenguaje de Dios”, describe así el momento de su vuelta a la fe: “En una hermosa mañana de otoño, mientras por primera vez, paseando por las montañas, me dirigía al oeste del Mississippi, la majestad y belleza de la creación vencieron mi resistencia. Comprendí que la búsqueda había llegado a su fin. La mañana siguiente, al salir el sol, me arrodillé sobre la hierba húmeda y me rendí a Jesucristo”[12].
Los mismos descubrimientos maravillosos de la ciencia y de la técnica, en lugar de llevar al desencanto, pueden convertirse en ocasiones de estupor y de experiencia de lo divino. El momento final del descubrimiento del genoma humano es descrito por el mismo Francis Collins, que dirigió el equipo directivo que llevó a este descubrimiento, “una experiencia de exaltación científica y al mismo tiempo de adoración religiosa”. Entre las maravillas de la creación, nada hay más maravilloso que el hombre y, en el hombre, que su inteligencia creada por Dios.
La ciencia desespera ya de tocar un límite máximo en la exploración de lo infinitamente grande que es el universo y en la exploración de lo infinitamente pequeño que son las partículas subatómicas. Algunos hacen de estas “desproporciones” un argumento a favor de la inexistencia de un Creador y de la insignificancia del hombre. Para el creyente, éstas son el signo por excelencia, no solo de la existencia sino también de los atributos de Dios: la vastedad del universo, es signo de su infinita grandeza y trascendencia, la pequeñez del átomo, lo es de su inmanencia y de la humildad de su encarnación que le llevó a hacerse niño en el seno de una madre y minúsculo pedazo de pan en las manos del sacerdote.
Tampoco en la vida humana cotidiana faltan ocasiones en las que es posible hacer experiencia de “otra” dimensión: el enamoramiento, el nacimiento del primer hijo, una gran alegría. Es necesario ayudar a las personas a abrir los ojos y a volver a encontrar la capacidad de sorprenderse. “Quien se asombra, reinará”, dice un dicho atribuido a Jesús fuera de los Evangelios[13]. En la novela Los hermanos Karamazov, Dostoievski refiere las palabras que el starez Zósimo, aún oficial del ejército, dirige a los presentes en el momento en que, deslumbrado por la gracia, renuncia a batirse en duelo con su adversario: “Señores, girad la mirada alrededor a los dones de Dios: este cielo límpido, este aire puro, esta hierba tierna, estos pajaritos: la naturaleza es tan bella e inocente, mientras que nosotros, solo nosotros, estamos lejos de Dios, y somos estúpidos y no comprendemos que la vida es un paraíso, pues bastaría que quisiéramos comprenderlo, y en seguida éste se instauraría en toda su belleza, y nosotros nos abrazaríamos y romperíamos a llorar”[14]. ¡Este es el sentido genuino de la sacralidad del mundo y de la vida!
3. Necesidad de testigos
Cuando la experiencia de lo sagrado y de lo que nos llega de repente e inesperada desde fuera de nosotros, es acogida y cultivada, se convierte en experiencia subjetiva vivida. Se tienen así los “testigos” de Dios que son los santos y, de modo totalmente particular, una categoría de estos, los místicos.
Los místicos, dice una célebre definición de Dionisio Areopagita, son aquellos que han “padecido a Dios”[15], es decir, que han experimentado y vivido lo divino. Son, para el resto de la humanidad, como los exploradores que entraron primero, a escondidas, en la Tierra Prometida y después volvieron atrás para referir lo que habían visto –“una tierra que mana leche y miel”– exhortando a todo el pueblo a atravesar el Jordán (cf Num 14,6-9). Por medio de ellos nos llegan a nosotros, en esta vida, los primeros fulgores de la vida eterna.
Cuando leemos sus escritos, ¡qué alejadas parecen, e incluso qué ingenuas, las más sutiles argumentaciones de los ateos y de los racionalistas! Nace, hacia estos últimos, un sentido de estupor y también de pena, como ante uno que habla de cosas que manifiestamente no conoce. Como quien creyera descubrir continuos errores de gramática en un interlocutor, y no se diese cuenta de que simplemente está hablando otra lengua que él no conoce. Pero no hay ninguna gana de ponerse a rebatirles, tanto las propias palabras dichas en defensa de Dios parecen, en ese momento, vacías y fuera de lugar.
Los místicos son, por excelencia, los que han descubierto que Dios “existe”; es más, que sólo él existe verdaderamente y que es infinitamente más real que aquello que con frecuencia llamamos realidad. Fue precisamente en uno de estos encuentros como una discípula del filósofo Husserl, judía y atea convencida, una noche descubrió al Dios vivo. Hablo de Edith Stein, ahora santa Teresa Benedicta de la Cruz. Era huésped de unos amigos cristianos y una noche que estos tuvieron que ausentarse, no sabiendo qué hacer, cogió un libro de su biblioteca y se puso a leerlo. Era la autobiografía de santa Teresa de Ávila. Siguió leyendo toda la noche. Llegada al final, exclamó sencillamente: “¡Ésta es la verdad!”. Por la mañana fue a la ciudad a comprar un catecismo católico y un misal, y tras haberlos estudiado, se dirigió a una iglesia cercana y pidió al sacerdote ser bautizada.
Yo también tuve una pequeña experiencia del poder que tienen los místicos de hacer tocar con la mano lo sobrenatural. Era el año en el que se discutía mucho sobre un libro de un teólogo titulado: “¿Existe Dios?” (Existiert Gott?). Al llegar al final de la lectura, eran muy pocos los que estaban dispuestos a cambiar la interrogación del título por una exclamación. Yendo a un congreso, me llevé conmigo el libro de los escritos de la beata Angela de Foligno que no conocía aún. Me quedé literalmente deslumbrado; lo llevaba conmigo a las conferencias, lo abría en cada pausa, y al final lo cerré diciéndome: “¿Dios existe? ¡No solo existe, sino que es verdaderamente fuego devorador!”
Por desgracia, una cierta moda literaria ha conseguido neutralizar también la “prueba” viviente de la existencia de Dios que son los místicos. Lo ha hecho con un método singularísimo: no reduciendo su número, sino aumentándolo, no restringiendo el fenómeno, sino dilatándolo desmesuradamente. Me refiero a aquellos que en una colección de místicos, en antologías de sus escritos, o en una historia de la mística, ponen juntos, como pertenecientes al mismo tipo de fenómenos, a san Juan de la Cruz y a Nostradamus, a santos y a excéntricos, mística cristiana y cábala medieval, hermetismo, teosofismo, formas de panteísmo e incluso la alquimia. Los místicos verdaderos son otra cosa y la Iglesia tiene razón en ser tan rigurosa en su juicio sobre ellos.
El teólogo Karl Rahner, retomando, parece, una frase de Raimundo Pannikar, afirmó: “El cristiano de mañana, o será un místico o no será”. Quería decir que, en el futuro, será el testimonio de personas que tienen una profunda experiencia de Dios el que mantenga viva nuestra fe, más que la demostración de su plausibilidad racional. Pablo VI decía, en el fondo, lo mismo cuando afirmaba en la Evangelii nuntiandi (n. 41): “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”.
Cuando el apóstol Pedro recomendaba a los cristianos estar preparados para “dar razón de su esperanza” (1 Pe 3,15), es cierto, por el contexto, que él tampoco pretendía hablar de razones especulativas o dialécticas, sino de las razones prácticas, es decir, de su experiencia de Cristo, unida al testimonio apostólico que la garantizaba. En un comentario a este texto, el cardenal Newman, habla de “razones implícitas”, que son, para el creyente, más íntimamente persuasivas que no las razones explícitas y argumentativas[16].
4. Un estremecimiento de fe en Navidad
Llegamos así a la conclusión práctica que más nos interesa en una meditación como esta. No sólo los no creyentes y los racionalistas necesitan irrupciones imprevistas de lo sobrenatural en la vida para llegar a la fe; las necesitamos también nosotros los creyentes para reavivar nuestra fe. El peligro mayor que corren las personas religiosas es el de reducir la fe a una secuencia de ritos y de fórmulas, repetidas incluso con escrúpulo, pero de forma mecánica y sin participación íntima de todo el ser. “Este pueblo se acerca a mí con la boca –se lamenta Dios en Isaías–, y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, y el temor que me tiene no es más que un precepto humano, aprendido por rutina” (Is 29, 13).
La Navidad puede ser una ocasión privilegiada para tener este estremecimiento de fe. Esta es la suprema “teofanía” de Dios, la más alta “manifestación de lo Sagrado”. Por desgracia el fenómeno del secularismo está despojando a esta fiesta de su carácter de “misterio tremendo” –es decir, que induce al santo temor y a la adoración–, para reducirlo al único aspecto de “misterio fascinante”. Fascinante, lo que es peor, en sentido sólo natural, no sobrenatural: una fiesta de los valores familiares, del invierno, del árbol, de los renos y de Papá Noel. Existe en algunos países la intención de cambiar también el nombre de Navidad por el de “fiesta de la luz”. En pocos casos la secularización es tan visible como en Navidad.
Para mí, el carácter “numinoso” de la Navidad está ligado a un recuerdo. Asistía un año a la Misa de Medianoche presidida por Juan Pablo II en San Pedro. Llegó el momento del canto de las Calendas, es decir, la solemne proclamación del nacimiento del Salvador, presente en el antiguo Martirologio y reintroducida en la liturgia navideña después del Vaticano II:
“Muchos siglos después de la creación del mundo...
Trece siglos después de la salida de Egipto...
En la 195ª Olimpiada,
en el año 752 de la fundación de Roma...
En el cuadragésimo segundo año del imperio de César Augusto,
Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, siendo concebido por obra del Espíritu Santo, transcurridos nueve meses, nace en Belén de Judá de la Virgen María, hecho hombre”.
Llegados a estas últimas palabras sentí la que se llama “la unción de la fe”: una imprevista claridad interior, por la que recuerdo que decía dentro de mí: “¡Es verdad! ¡Es verdad todo esto que se canta! No son solo palabras. Lo eterno entra en el tiempo. El último acontecimiento de la serie ha roto la serie; ha creado un “antes” y un “después” irreversibles; el cómputo del tiempo que antes tenía lugar en relación a diversos acontecimientos (olimpiada tal, reino de tal), ahora sucede en relación a un único acontecimiento”. Una conmoción de repente me atravesó toda la persona, mientras solamente podía decir: “¡Gracias, Santísima Trinidad, y gracias también a ti, Santa Madre de Dios!”.
Ayuda mucho a hacer de la Navidad la ocasión para un sobresalto de fe encontrar espacios de silencio. La liturgia envuelve el nacimiento de Jesús en el silencio: Dum medium silentium tenerent omnia, mientras todo alrededor estaba en silencio. Stille Nacht, noche de silencio, se llama a la Navidad en el más difundido y querido de los villancicos. En Navidad deberíamos escuchar como dirigida personalmente a nosotros la invitación del Salmo: “Rendíos y reconoced que yo soy Dios” (Sal 46,11).
La Madre de Dios es el modelo insuperable de este silencio navideño: “María –está escrito– conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). El silencio de María en Navidad es más que un simple callarse; es maravilla, es adoración; es un “silencio religioso”, un ser superado por la realidad. La interpretación más verdadera del silencio de María es la que está en los iconos bizantinos, donde la Madre de Dios nos parece inmóvil, con la mirada fija, los ojos desorbitados, como quien ha visto cosas que no se pueden describir con palabras. María, la primera, elevó a Dios lo que san Gregorio Nacianceno llama un “himno de silencio”[17].
Celebra verdaderamente la Navidad quien es capaz de hacer hoy, a distancia de siglos, lo que habría hecho, si hubiese estado presente ese día. Quien hace lo que nos enseñó a hacer María: ¡arrodillarse, adorar y callar!
Benedicto XVI dirigirá el “pensamiento del día” de la BBC el 24 de diciembre
El Papa, según ha revelado el director de la Oficina de Información de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi S.I., grabó una breve reflexión este 22 de diciembre por la mañana, en presencia de algunos de los representantes de la BBC.
"Se trata de un programa muy seguido, de tres minutos, que es emitido todas las mañanas y es confiado a personalidades y líderes espirituales que expresan una reflexión de carácter religioso", ha explicado el portavoz vaticano.
Es la primera vez que Benedicto XVI participa en un espacio de estas características destinado a una audiencia radiofónica. El "Pensamiento para el día" es emitido por la BBC desde 1970.
El padre Lombardi ha revelado que, tras el histórico viaje de Benedicto XVI a Escocia e Inglaterra, que tuvo lugar del 16 al 19 de septiembre de 2010, "habíamos quedado de acuerdo con la BBC con la idea de continuar la buena relación del pontífice con el Reino Unido".
Gwyneth Williams, la nueva directora del canal Radio 4 de la BBC ha confesado que está "encantada de que el papa Benedicto comparta su mensaje de Navidad con nuestra audiencia".
"Es significativo que el Papa haya elegido el 'Pensamiento para el día' para ofrecer su primer mensaje radiofónico escrito personalmente por él", declaró.
Entre los personajes que han dirigido su mensaje en el programa destacan el arzobispo de Canterbury y primado de la Comunión Anglicana, Rowan Williams; el rabino jefe de las Congregaciones Judías de la Commonwealth, Jonathan Sacks; y monseñor Vincent Nichols, arzobispo católico de Westminster.
El Papa nombra alto cargo vaticano a un sacerdote chino
Benedicto XVI ha nombrado al sacerdote chino Savio Hon Tai-Fai número 2 de uno de los dicasterios más importantes. Es salesiano y vive en Hong Kong. Será el secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
El nombramiento llega en plena crisis entre China y el Vaticano. La Santa Sede denunció recientemente la intransigente intolerancia religiosa de Pekín y sus intentos de controlar la conciencia de los ciudadanos e interferir en los asuntos internos de la Iglesia católica.
El Papa conoce bien a Hon Tai-Fai porque es miembro de la Comisión Teológica Internacional. Desde ahora se encargará de seleccionar obispos para los territorios de misión.
Presos envían al Papa “panettones” como regalo de Navidad
En Navidad llegan hasta el apartamento de Benedicto XVI cientos de cartas y regalos. Personas de todo el mundo que quieren felicitar al Papa la Navidad y demostrarle su apoyo.
P. Federico Lombardi Portavoz Vaticano
“El Papa recibe felicitaciones de todas las partes del mundo, de tantos católicos que lo aprecian. También recibe pequeños regalos. Muchas veces son regalos simbólicos que manifiestan el aprecio de los católicos y su cercanía espiritual”.
Este año, dos regalos destacan sobre el resto. Quince presos de la cárcel de máxima seguridad de Padua, en Italia, han enviado a Benedicto XVI 232 “panettones”, un dulce típico italiano de estas fechas, que han hecho ellos mismos. El Papa los repartirá a sus colaboradores y a otros miembros de la Curia Romana.
Otro regalo de esta Navidad será una serie de películas de Don Camillo y Peppone, que la localidad de Brescello. Benedicto XVI afirmó en el libro “Luz del mundo”, que se publicó recientemente, que le gustaban mucho estas películas.
Regalos que el Papa compartirá con lo que el llama la “familia pontificia”
Predicación de Raniero Cantalamessa al Papa Parte II
La respuesta cristiana al secularismo
“OS ANUNCIAMOS LA VIDA ETERNA” (1 Jn 1,2)
1. Secularización y secularismo
En esta meditación nos ocupamos del segundo escollo que encuentra la evangelización en el mundo moderno occidental, la secularización. En el Motu Proprio con el que el Papa instituyó el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, se dice que éste “está al servicio de las Iglesias particulares, especialmente en aquellos territorios de antigua tradición cristiana donde con mayor evidencia se manifiesta el fenómeno de la secularización”.
La secularización es un fenómeno complejo y ambivalente. Puede indicar la autonomía de las realidades terrenas y la separación entre reino de Dios y reino del César y, en este sentido, no sólo no está contra el Evangelio sino que encuentra en él una de sus raíces profundas; puede, sin embargo, indicar también todo un conjunto de actitudes contrarias a la religión y a la fe, para el que se prefiere utilizar el término de secularismo. El secularismo es a la secularización lo que el cientificismo a la cientificidad y el racionalismo a la racionalidad.
Ocupándonos de los obstáculos o de los desafíos que la fe encuentra en el mundo moderno, nos referimos exclusivamente a esta acepción negativa de la secularización. A pesar de delimitarlo así, sin embargo, la secularización presenta muchas caras según los campos en los que se manifiesta: la teología, la ciencia, la ética, la hermenéutica bíblica, la cultura en general, la vida cotidiana. En la presente meditación tomo el término en su significado primordial. Secularización, como secularismo, derivan de hecho de la palabra “saeculum” que en el lenguaje común ha acabado por indicar el tiempo presente (“el eón actual”, según la Biblia), en oposición a la eternidad (el eón futuro, o “los siglos de los siglos”, de la Biblia). En este sentido, secularismo es un sinónimo de temporalismo, de reducción de lo real a una única dimensión terrena.
La caída del horizonte de la eternidad o de la vida eterna, tiene sobre la fe cristiana el efecto que tiene la arena arrojada sobre una llama: la sofoca, la apaga. La fe en la vida eterna constituye una de las condiciones de posibilidad de la evangelización: “Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima” (1 Cor 15,19).
2. Ascensión y ocaso de la idea de eternidad
Recordemos a grandes rasgos la historia de la creencia en una vida más allá de la muerte; nos ayudará a medir la novedad traída por el Evangelio en este campo. En la religión judía del Antiguo Testamento esta creencia se afirma sólo de forma tardía. Sólo después del exilio, frente al fracaso de las esperanzas temporales, se abre camino la idea de la resurrección de la carne y de una recompensa ultraterrena de los justos, e incluso entonces no en todos (los Saduceos, se sabe, no compartían esta creencia).
Esto desmiente clamorosamente la tesis de aquellos (Feuerbach, Marx, Freud) que explican la creencia en Dios con el deseo de una recompensa eterna, como proyección en el más allá de las esperanzas terrenas defraudadas. ¡Israel creyó en Dios muchos siglos antes que en una recompensa eterna en el más allá! No es, por tanto, el deseo de una recompensa eterna lo que produjo la fe en Dios, sino que es la fe en Dios la que produjo la creencia en una recompensa ultraterrena.
La revelación plena de la vida eterna se tiene, en el mundo bíblico, con la venida de Cristo. Jesús no funda la certeza de la vida eterna en la naturaleza del hombre, la inmortalidad del alma, sino en el “poder de Dios”, que es un “Dios de vivos y no de muertos” (Lc 20,27-38). Después de la Pascua, a este fundamento teológico, los apóstoles añadirán el cristológico: la resurrección de Cristo de la muerte. Sobre ella funda el Apóstol la fe en la resurrección de la carne y en la vida eterna: “Si se anuncia que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de vosotros afirmáis que los muertos no resucitan?... Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos” (1 Cor 15, 12.20).
También en el mundo grecorromano se asiste a una evolución en la concepción de la ultratumba. La idea más antigua es que la vida verdadera termina con la muerte; tras ella hay sólo una apariencia de vida, en un mundo de sombras. Se registra una novedad con la aparición de la religión órfico-pitagórica. Según ésta, el verdadero yo del hombre es el alma que, liberada de la prisión (sema) del cuerpo (soma), puede finalmente vivir su verdadera vida. Platón dará a este descubrimiento una dignidad filosófica, basándola en la naturaleza espiritual, y por tanto inmortal, del alma[1].
Esta creencia permanecerá, con todo, muy minoritaria, reservada a los iniciados en los misterios y a los seguidores de escuelas filosóficas particulares. Entre la masa persistirá la antigua convicción de que la verdadera vida termina con la muerte. Son conocidas las palabras que el emperador Adriano se dirige a sí mismo al acercarse a la muerte:
Pequeña alma extraviada y suave,
Compañera y huésped del cuerpo,
ahora te preparas a subir a lugares
incoloros, arduos y desnudos,
donde ya no tendrás las distracciones de costumbre.
Aún un instante
miremos juntos las orillas familiares,
las cosas que ciertamente ya no volveremos a ver jamás...[2].
Se comprende en este trasfondo el impacto que debía tener el anuncio cristiano de una vida después de la muerte infinitamente más plena y más gozosa que la terrena; se comprende también por qué la idea y los símbolos de la vida eterna son tan frecuentes en las sepulturas cristianas de las catacumbas.
Pero ¿qué ha sucedido con la idea cristiana de una vida eterna para el alma y para el cuerpo, después de haber triunfado sobre la idea pagana de la “oscuridad después de la muerte”? A diferencia del momento actual en el que el ateísmo se expresa sobre todo en la negación de la existencia de un Creador, en el siglo XIX se expresó preferentemente en la negación de un más allá. Recogiendo la afirmación de Hegel, según la cual “los cristianos desperdician en el cielo las energías destinadas a la tierra”, Feuerbach y sobre todo Marx combatieron la creencia en una vida después de la muerte, bajo pretexto de que esta aliena del compromiso terreno. A la idea de una supervivencia personal en Dios, se sustituye con la idea de una supervivencia en la especie y en la sociedad del futuro.
Poco a poco, con la sospecha, cayó sobre la palabra eternidad el olvido y el silencio, El materialismo y el consumismo han hecho el resto en las sociedades opulentas, haciendo incluso que parezca inconveniente que se hable aún de eternidad entre personas cultas y acorde con su timpo. Todo esto ha tenido una clara repercusión en la fe de los creyentes, que se ha hecho, en esta cuestión, tímida y reticente. ¿Cuándo escuchamos la última predicación sobre la vida eterna? Seguimos recitando en el Credo: Et expecto resurrectionem mortuorum et vitam venturi saeculi: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”, pero sin dar demasiada importancia a estas palabras. Tenía razón Kierkegaard cuando escribía: “El más allá se ha convertido en una broma, una exigencia tan incierta que no sólo ya nadie la respeta, sino que incluso ya no la prevé, hasta el punto de que hay quien incluso se divierte pensando que había una época en la que esta idea transformaba toda la existencia”[3].
¿Cuál es la consecuencia práctica de esta eclipse de la idea de eternidad? San Pablo refiere el propósito de aquellos que no creen en la resurrección de la muerte: “Comamos y bebamos que mañana moriremos” (l Cor 15,32). El deseo natural de vivir siempre, distorsionado, se convierte en deseo, o frenesí, de vivir bien, es decir, de forma placentera, incluso a costa de los demás, si es necesario. La tierra entera se convierte en lo que Dante decía de la Italia de su tiempo: “el jardincito que nos hace tan feroces”. Caído el horizonte de la eternidad, el sufrimiento humano parece doble e irremediablemente absurdo.
3. La eternidad: una esperanza y una presencia
También a propósito del secularismo, como del cientificismo, la respuesta más eficaz no consiste en combatir el error contrario, sino en hacer resplandecer de nuevo ante los hombres la certeza de la vida eterna, aprovechando la fuerza inherente que tiene la verdad cuando es acompañada del testimonio de la vida. “A una idea –escribía un antiguo Padre–, siempre se puede oponer otra idea, y a una opinión otra opinión; pero qué se puede oponer a una vida?”
Debemos aprovechar también la correspondencia de esta verdad con el deseo más profundo, aunque reprimido, del corazón humano. A un amigo que le reprochaba, como si fuese una forma de orgullo y de presunción, su anhelo de la eternidad, Miguel de Unamuno, que no era ciertamente un apologeta de la fe, respondía en una carta:
“Yo no digo que merecemos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo eso de decir “¡Hay que vivir, hay que contentarse con la vida!”. ¿Y los que no nos contentamos con ella?”
“Es tanto lo que amo la vida que el perderla me parece el peor de los males. Los que gozan al día, sin cuidarse de si han de perderla o no del todo, es que no la quieren”[4].
No es quien desea la eternidad, añadía en la misma ocasión, quien muestra despreciar el mundo y la vida de aquí abajo, sino al contrario, quien no la desea: “Es tanto lo que amo la vida que el perderla me parece el peor de los males. Los que gozan al día, sin cuidarse de si han de perderla o no del todo, es que no la quieren”. San Agustín decía lo mismo: “Cui non datur semper vivere, quid prodest bene vivere?”, “¿De qué sirve vivir, si no nos es dado vivir siempre?”[5]. “Todo, excepto lo eterno, es vano en el mundo”, ha cantado un poeta nuestro[6].
A los hombres de nuestro tiempo que cultivan en el fondo del corazón este anhelo de eternidad, quizás sin tener el valor de confesarlo a los demás y ni siquiera a sí mismos, podemos repetir lo que Pablo decía a los atenienses: “Ahora, yo vengo a anunciaros eso que adoráis sin conocer” (cf. Hch 17,23).
La respuesta cristiana al secularismo en el sentido en que lo entendemos aquí, no se funda, como para Platón, en una idea filosófica –la inmortalidad del alma–, sino en un acontecimiento. La ilustración había planteado el célebre problema de cómo se puede tender a la eternidad mientras se está en el tiempo, y cómo se puede dar un punto de partida histórico a una conciencia eterna[7]. En otras palabras: cómo se puede justificar la pretensión de la fe cristiana de prometer una vida eterna y de amenazar con una pena igualmente eterna, para actos realizados en el tiempo.
La única respuesta válida a este problema es la que se funda en la fe en la encarnación de Dios. En Cristo, lo eterno ha entrado en el tiempo, se ha manifestado en la carne; ante él es posible tomar una decisión para la eternidad. Es así como el evangelista Juan habla de la vida eterna: “Os anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado” (1 Jn 1, 2).
Para el creyente, la eternidad no es, como se ve, solo una esperanza, es también una presencia. Hacemos experiencia de ello cada vez que hacemos un verdadero acto de fe en Cristo, porque quien cree en él “posee ya la vida eterna” (cfr. 1Jn 5,13); cada vez que recibimos la comunión, en la que “se nos da la prenda de la gloria futura” (futurae gloriae nobis pignus datur); cada vez que escuchamos las palabras del Evangelio que son “palabras de vida eterna” (cfr. Jn 6,68). También santo Tomás de Aquino dice que “la gracia es el inicio de la gloria”[8].
Esta presencia de la eternidad en el tiempo se llama Espíritu Santo. Él es llamado “las arras de nuestra heredad” (Ef 1,14; 2 Cor 5,5), y nos ha sido dado para que, habiendo recibido las primicias, anhelemos la plenitud. “Cristo –escribe san Agustín– nos ha dado las arras del Espíritu Santo con las que él, que nunca podría engañarnos, quiso ratificarnos el cumplimiento de su promesa. ¿Qué prometió? Prometió la vida eterna de la que es prenda el Espíritu que nos ha dado”[9].
4. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?
Entre la vida temporal de fe y la vida eterna hay una relación análoga a la que existe entre la vida del embrión en el seno materno y la del niño, una vez dado a luz. Escribe el Cabasilas:
“Este mundo lleva a la gestación al hombre interior, nuevo, creado según Dios, hasta que éste, plasmado, modelado y hecho perfecto aquí, sea engendrado a ese mundo perfecto que no envejece. Igual que el embrión el cual, mientras está en la existencia tenebrosa y fluida, la naturaleza le prepara a la vida en la luz, así es de los santos [...]. Para el embrión con todo la vida futura es absolutamente futura: a él no llega ningún rayo de luz, nada de lo que existe de esta vida. No es así para nosotros, desde el momento en que el siglo futuro ha sido como revertido y comprometido en este presente [...] Por ello ya ahora se concede a los santos no sólo disponerse y prepararse para la vida, sino vivir y actuar en ella”[10].
Existe una historieta que ilustra esta comparación. Había dos mellizos, un niño y una niña, tan inteligentes y precoces que, ya en el seno de su madre, hablaban entre sí. La niña preguntaba al niño: “Según tú, ¿habrá vida después del nacimiento?”. Él respondía: “No seas ridícula. ¿Qué te hace pensar que haya algo fuera de este espacio estrecho y oscuro en el que nos encontramos?” La niña, reuniendo valor, insistía: “¿Quién sabe? Quizás exista una madre, alguien que nos ha puesto aquí y que cuidará de nosotros”. Y él: “¿Acaso ves tú una madre por alguna parte? Lo que ves s todo lo que hay”. Ella de nuevo: “Pero no notas tú también a veces como una presión en el pecho que aumenta día a día y nos empuja adelante?”. “Pensándolo bien, respondía él, es verdad, la siento todo el rato”. “Ves, concluía triunfante la hermanita, este dolor no puede ser para nada. Yo creo que nos está preparando para algo más grande que este pequeño espacio”.
Podríamos utilizar esta simpática historieta cuando tengamos que anunciar la vida eterna a personas que han perdido la fe en ella, pero que conservan nostalgia de ella y quizás piensan que la Iglesia, como esa niña, les ayude a creer en ella.
Hay preguntas que los hombres no dejan de plantearse desde que el mundo es mundo, y los hombres de hoy no son una excepción: “¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?”. En su Historia eclesiástica del pueblo inglés, Beda el Venerable narra cómo la fe cristiana hizo su ingreso en el norte de Inglaterra. Cuando los misioneros venidos de Roma llegaron a Northumbria, el rey Edwin convocó un consejo de dignatarios para decidir su permitirles o no difundir el nuevo mensaje. Se levantó uno de ellos y dijo:
“La vida actual del hombre, oh rey, me parece, en comparación con ese tiempo que nos es desconocido, como el rápido vuelo de un gorrión a través de la sala en donde te sientas a cenar en invierno, con tus comandantes y ministros, y un buen fuego en el medio, mientras que las tormentas de lluvia y nieve dominan en el exterior, el gorrión, digo, volando entra por una puerta, e inmediatamente sale por la otra. Mientras que está dentro, está a salvo de la tormenta invernal; pero después de un corto espacio de buen tiempo, inmediatamente desaparece de tu vista, en el oscuro invierno de donde había surgido. Así esta vida del hombre aparece por un corto espacio, pero de lo que había antes, o de lo que va a venir después, somos totalmente ignorantes. Si, por lo tanto, esta nueva doctrina contiene algo más seguro, parece justo que merezca ser seguida”[11].
Quién sabe si la fe cristiana no podrá volver a Inglaterra y al continente europeo por la misma razón por la que entró en él: como la única que tiene una respuesta segura que dar a los grandes interrogantes de la vida terrena. La ocasión más propicia para hacer llegar este mensaje son los funerales. En ellos las personas están menos distraídas que en otros ritos de paso (bautismo, matrimonio), se preguntan sobre su propio destino. Cuando se llora por un ser querido difunto, se llora también sobre uno mismo.
Escuché una vez un interesante programa de la BBC inglesa sobre los llamados “funerales laicos”, con la grabación en directo de la celebración de uno de ellos. En cierto momento se oía al oficiante que decía a los presentes: “No debemos estar tristes. Vivir una buena vida, satisfactoria, durante setenta y ocho años (la edad de la difunta) es algo de lo que hay que estar agradecidos”. ¿Agradecidos a quién?, me preguntaba. Un funeral semejante no hace sino volver más evidente la derrota total del hombre frente a la muerte.
Sociólogos y hombres de cultura, llamados a explicar el fenómeno de los funerales laicos o “humanísticos”, veían la causa de la difusión de esta práctica en algunos países del norte de Europa, en el hecho de que los funerales religiosos implican en los presentes una fe que estos no sienten compartir. La propuesta que hacían era esta: que la Iglesia, en los funerales, evite toda referencia a Dios, a la vida eterna, a Jesucristo muerto y resucitado, y limite su papel al de “natural y experimentado organizador de ritos de paso”. ¡En otras palabras, que se resigne también a la secularización de la muerte!
5. ¡Iremos a la casa del Señor!
Una renovada fe en la eternidad no nos sirve solo para la evangelización, es decir, para el anuncio que hay que hacer a los demás; nos sirve, antes aún, para imprimir un nuevo empuje a nuestro camino hacia la santidad. El debilitamiento de la idea de eternidad actúa también sobre los creyentes, disminuyendo en ellos la capacidad de afrontar con valor el sufrimiento y las pruebas de la vida.
Pensemos en un hombre con una balanza en la mano: una de esas balanzas que se sostienen con una sola mano y tienen por un lado el plato en el que poner las cosas a pesar y por otro una barra graduada que aguanta el peso o la medida. Si cae a tierra, o se pierde la medida, todo lo que se ponga en el plato hace elevarse la barra e inclinar a tierra la balanza. Todo es superior, incluso un puñado de plumas.
Así somos nosotros cuando perdemos el peso, la medida de todo lo que es la eternidad: las cosas y los sufrimientos terrenos arrojan fácilmente nuestra alma al suelo. Todo nos parece muy pesado, excesivo. Jesús decía: “Si tu mano o tu pie son para ti ocasión de pecado, córtalos y arrójalos lejos de ti, porque más te vale entrar en la Vida manco o lisiado, que ser arrojado con tus dos manos o tus dos pies en el fuego eterno. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo y tíralo lejos, porque más te vale entrar con un solo ojo en la Vida, que ser arrojado con tus dos ojos en la Gehena del fuego” (cfr. Mt 18,8-9). Pero nosotros, habiendo perdido de vista la eternidad, encontramos incluso excesivo que se nos pida que cerremos los ojos ante un espectáculo inmoral.
San Pablo se atreve a escribir: “Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno” (2 Cor 4,17-18). El peso de la tribulación es “ligero precisamente porque es momentáneo, el de la gloria es desmesurado porque es eterno. Por esto precisamente, el mismo Apóstol puede decir: “Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros” (Rm 8,18).
El cardenal Newman, a quien hemos elegido como maestro especial en este Adviento, nos obliga a añadir una verdad que falta en las reflexiones expuestas hasta aquí sobre la eternidad. Lo hace con el poema “El sueño de Geroncio”, llevado a la música por el gran compositor inglés Edgar Elgar. Una verdadera obra maestra por la profundidad de sus pensamientos, por la inspiración lírica y por la dramaticidad coral.
Describe el sueño de un anciano (esto significa el nombre Geroncio) que se siente próximo al fin. A sus pensamientos sobre el sentido de la vida, de la muerte, sobre el abismo de la nada al que se está precipitando, se sobreponen los comentarios de los espectadores, la voz orante de la Iglesia: “Parte de este mundo, alma cristiana” (proficiscere, anima christiana), las voces contrastantes de ángeles y demonios que sopesan su vida y reclaman su alma. Particularmente bella y profunda es la descripción del momento del fallecimiento y del despertar en otro mundo:
“Me dormí; y ahora estoy despierto.
Un extraño despertar: pues siento en mí
Una luz inexpresiva, y un sentimiento
De libertad, como si yo fuese finalmente yo mismo
Y nunca lo hubiera sido antes. ¡Qué tranquilidad!
Ya no escucho el sonido ajetreado del tiempo,
no, ni mi respiración jadeante, ni el latido del pulso;
Ningún momento es distinto del siguiente”[12].
Las últimas palabras que el alma pronuncia en el poema son aquellas con las que se dirige serena, incluso impaciente, al Purgatorio:
“Allí cantaré a mi Señor y Amor ausente: -
Llévame contigo,
que cuanto antes me eleve y suba,
y Le vea en la verdad del día sin fin”[13].
Para el emperador Adriano, la muerte era el paso de la realidad a las sombras, para el cristiano John Newman es el paso de las sombras a la realidad, ex umbris et imaginibus in veritatem, como quiso que se escribiera sobre su tumba.
¿Cuál es, entonces, la verdad que falta y que Newman nos obliga a no callar? Que el paso del tiempo a la eternidad no es rectilíneo e igual para todos. Hay que afrontar un juicio, y un juicio que puede tener dos finales muy distintos, el infierno o el paraíso. La de Newman es una espiritualidad austera, incluso a veces rigorista, como la del Dies irae, pero ¡qué saludable en una época proclive a tomar todo a la ligera y a bromear, como decía Kierkegaard, con el pensamiento de la eternidad!
Dirijamos por tanto con renovado impulso nuestros pensamientos hacia la eternidad, repitámonos a nosotros mismos con las palabras del poeta: “Todo, excepto lo eterno, es vano en el mundo”. En el salterio judío hay un grupo de salmos, llamados “salmos de las subidas” o “cánticos de Sión”. Eran los salmos que cantaban los peregrinos israelitas cuando “subían” en peregrinación hacia la ciudad santa, Jerusalén. Uno de ellos comienza: “Iremos a la casa del Señor” (Sal 122, 1). Estos salmos de las subidas se han convertido en los salmos de aquellos que, en la Iglesia, están en camino hacia la Jerusalén celeste; son nuestros salmos. Comentando esas palabras iniciales del salmo, san Agustín decía a sus fieles:
“Corramos porque iremos a la casa del Señor; corramos porque esta carrera no cansa; porque llegaremos a una meta donde no existe el cansancio. Corramos a la casa del Señor y que nuestra alma se alegre por quienes nos repiten estas palabras. Ellos vieron la patria antes que nosotros, la vieron los apóstoles y nos dijeron: ¡Corred, daos prisa, seguidnos! “¡Vamos a la casa del Señor!”[14].
Tenemos ante nosotros, en esta capilla, una espléndida representación mural de la Jerusalén celeste, con María, los apóstoles y una larga procesión de los Santos de Oriente y Occidente. Ellos nos repiten silenciosamente esta invitación. Acojámosla y llevémosla con nosotros en esta jornada y durante toda la vida.
Los cardenales destinan más de 150 mil euros a Haití e Irak
El padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, ha anunciado que el Colegio Cardenalicio ha recogido entre sus miembros 151.875 euros que serán destinados a los más necesitados en Haití e Irak.Los cardenales hicieron una colecta de fondos en la asamblea extraordinaria del Consistorio convocada por Benedicto XVI el pasado 19 de noviembre y han decidido enviar 75.946 dólares a Haití y la misma cantidad a Irak.
El padre Lombardi ha asegurado que el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado del Papa, enviará los fondos a los nuncios apostólicos de ambos territorios. La distribución del dinero dependerá de los nuncios y los obispos de las respectivas diócesis y se destinará exclusivamente a los afectados por la pobreza y a los enfermos de ambos territorios.
Haití sufre en estos momentos una epidemia de cólera, tras el terremoto que devastó prácticamente todo el país el pasado mes de enero. En Irak, el conflicto está afectando de manera particular en los últimos meses a la minoría cristiana, que ha sufrido dramáticos atentados en estos últimos meses.
Organizan velada por la vida frente a clínica de fecundación asistida en Lima
En declaraciones a ACI Prensa, la presidenta de la Coordinadora Nacional Unidos por la Vida y la Familia, Carol Maraví, señaló que con esta velada buscan "acompañar por una hora a los niños congelados en espera de sus padres", a la vez que recordarán "a los niños muertos por el aborto, víctimas también de esta cultura de egoísmo y muerte".
Los niños concebidos por fecundación asistida también "merecen que su situación sea expuesta al mundo entero", subrayó Maraví, pues aquellos que no son implantados en el vientre materno son luego congelados por tiempo indeterminado o son simplemente eliminados.
Durante la reunión se prenderán velas "por cada niño congelado", cuya vida está "detenida en el tiempo" y se leerán mensajes que lleven a la reflexión.
La clínica "Concebir" cobró notoriedad el mes pasado, cuando una pareja de esposos la denunció por entregarles lo que ellos consideraron un "producto fallado" –su hija Marianita con Síndrome de Down – tras haber pagado 15 mil dólares por "un bebé sano".
La doctrina católica se opone a la fecundación in vitro por dos razones primordiales: primero, porque se trata de un procedimiento contrario al orden natural de la sexualidad que atenta contra la dignidad de los esposos y del matrimonio; segundo, porque la técnica supone la eliminación de seres humanos en estado embrionario tanto fuera como dentro del vientre materno, implicando varios abortos en cada proceso.
Virgen de Guadalupe es entronizada en santuario de la Sábana Santa en Turín
El 12 de diciembre "pasará a la historia como la fecha en que se hermanan las devociones a Jesús en su imagen de la Sábana Santa y a su Bendita Madre en su advocación de Guadalupe en la humilde Tilma de San Juan Diego", afirmó Adolfo Orozco Torres, presidente del Centro Mexicano de Sindonología.
"Gracias a Guillermo Ferrer, miembro de ‘Unión de Voluntades’ y por iniciativa del Centro Mexicano de Sindonología", informó Orozco, se entregó el 5 de mayo la réplica de la imagen guadalupana a la Comisión Diocesana de Turín. "El entonces Arzobispo de Turín, Cardenal Severino Poletto decidió que se colocara en la Iglesia del Santísimo Sudario", relató.
Gracias a esta iniciativa, indicó, están juntas en el mismo templo "las dos imágenes más importantes y representativas a nivel espiritual de nuestra salvación".
En la Sábana Santa "tenemos las huellas del inmenso sacrificio con que Jesús nos rescató del pecado" y en la imagen mariana se materializa el regalo de la maternidad de María que Cristo dio a los hombres desde la Cruz. "Ahora –afirmó-, el Hijo la recibe en su casa de Turín".
Venezuela está camino a convertirse en Estado totalitario, advierte Cardenal Urosa
El Arzobispo de Caracas, Cardenal Jorge Urosa Savino, advirtió que las últimas leyes dadas por la Asamblea Nacional empujan a Venezuela a ser un estado totalitario y señaló que no se necesitaba la Ley Habilitante para enfrentar la emergencia de las lluvias, porque ya hay suficientes herramientas legales. | Cardenal Jorge Urosa Savino |
"Lamentablemente el actual Gobierno va en una línea de copar todos los espacios y por eso decimos que es una línea totalitaria, en ese sentido quieren apoderarse de todo y por eso hacen esas leyes restrictivas que van arrinconando cada vez más a los ciudadanos. Eso es totalmente negativo, no es lo que está en la Constitución y creo que le haría un gran daño al país", expresó el Purpurado al Diario Notitarde.
El Cardenal pidió a los parlamentarios reflexionar y no dañar más al país "con la aplicación de un esquema de Estado totalitario, que no ha resultado nunca en beneficio del pueblo, sino que más bien ha fracasado"; tal como sucedió en los regímenes marxistas que existieron en Europa y ocurre Cuba, China y Corea del Norte.
Asimismo, pidió no dar normas ni tomar medidas que afecten la libertad de expresión, en referencia a las leyes de Telecomunicación y Responsabilidad Social de Radio Televisión y Medios Electrónicos.
Recordó que "la Constitución existe para que el Estado no apabulle al ciudadano, y los funcionarios deben procurar que la población goce de mejores y más amplios derechos". "Creo que los venezolanos tenemos que hacer valer nuestros derechos que están consagrados en la Constitución", señaló.
Durante el encuentro también se refirió a la Ley Habilitante aprobada el viernes 17 y que permite al Presidente Hugo Chávez gobernar por decreto durante 18 meses. El Gobierno dijo que necesitaba esta norma para enfrentar la emergencia por las lluvias.
Esto fue rechazado por el Cardenal Urosa, porque "si la razón de esta herramienta legal es la emergencia por las lluvias, simplemente no hace falta porque existen suficientes leyes para que el Gobierno actúe en favor de los damnificados y se trabaje en la restauración de la vialidad y se construyan viviendas".
Asimismo, afirmó que en el país "hay suficiente dinero, porque el presupuesto nacional está calculado con el barril de petróleo a 40 dólares y el precio internacional está por los 70 dólares".
El Cardenal también eiteró el compromiso concreto de la Iglesia en ayudar a los miles de damnificados que hay en todo el país, como lo ha venido haciendo hasta ahora, a través de las parroquias, movimientos, congregaciones y demás organismos eclesiales.
Benedicto XVI: Esperar gozosos en Navidad al Niño Jesús que sorprende e ilumina al mundo
En la catequesis de hoy el Santo Padre dijo que "con esta última audiencia antes de la Navidad, nos acercamos maravillados al ‘lugar’ donde para nosotros y para nuestra salvación, todo comenzó, en el que todo encontró su cumplimiento, donde se conocieron y se entrecruzaron las esperanzas del mundo y del corazón humano".
"La espera gozosa, característica de los días que preceden la Navidad, es sin duda la actitud básica del cristiano que desea vivir fructuosamente el encuentro renovado con Aquel que viene a habitar entre nosotros: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre".
Benedicto XVI indicó que "encontramos esta disponibilidad y la hacemos nuestra en los primeros que acogieron la llegada del Mesías: Zacarías e Isabel, los pastores, la gente común, y en especial María y José".
"Todo el Antiguo Testamento constituye una única y gran promesa que se cumplirá con la venida de un salvador. Junto a la espera de los personajes de las Sagradas Escrituras encuentra espacio y significado a través de los siglos, también la nuestra: la que vivimos estos días y la que nos mantiene alerta a lo largo del camino de nuestra vida".
Toda la existencia humana, prosiguió el Papa, está de hecho animada "por este profundo sentimiento, el deseo de que lo más verdadero, lo más hermoso y grande que hemos entrevisto e intuido con la mente y el corazón, nos salga al encuentro y ante nuestros ojos se haga concreto y nos anime".
"Por eso, el Salvador viene para reducir a la impotencia la obra del mal y todo lo que aún puede mantenernos lejos de Dios, para devolvernos al antiguo esplendor y a la paternidad primitiva".
Su venida, "por lo tanto, no puede tener otro propósito que el de enseñarnos a ver y amar los acontecimientos, el mundo y todo lo que nos rodea, con la misma mirada de Dios. El Verbo hecho niño nos ayuda a comprender la forma de actuar de Dios, para que seamos capaces de dejarnos transformar cada vez más por su bondad y su misericordia infinitas".
El Papa exclamó: "¡en la noche del mundo, dejémonos sorprender e iluminar de nuevo por esta venida, por la Estrella, que desde Oriente, inundó de alegría al mundo!" y exhortó a purificar "nuestra conciencia y nuestra vida de lo que es contrario a esa venida: pensamientos, palabras, actitudes y acciones, comprometiéndonos a hacer el bien y a contribuir a instaurar en este mundo la paz y la justicia para todos los seres humanos y caminar así hacia el Señor".
El Santo Padre también reflexionó sobre la importancia del pesebre o nacimiento, tradición de muchos pueblos cristianos alrededor del mundo en Navidad: "es la expresión de nuestra espera, pero también de la acción de gracias a Aquel que decidió compartir nuestra condición humana en la pobreza y la sencillez".
"Me alegro de que siga vigente e incluso se vuelva a descubrir la tradición de preparar el Belén en las casas, en los lugares de trabajo, y de reunión. Este testimonio auténtico de la fe cristiana ofrezca también hoy a todas las personas de buena voluntad una imagen sugestiva del amor infinito del Padre para todos nosotros y que los corazones de los niños y los adultos todavía se sorprendan ante ella".
En español el Papa Benedicto XVI se dirigió especialmente "a los peregrinos de Alange y Córdoba, así como a los demás fieles provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Deseo a todos una feliz Navidad y os invito a preparar vuestro corazón para recibir al Niño Jesús. Que la Virgen María y San José nos ayuden a vivir el Misterio de este tiempo santo con renovada gratitud al Señor, ofreciendo a los demás paz y alegría. Muchas gracias".
La diócesis de Roma abre el proceso para beatificar a un matrimonio con veintiún hijos
Hoy pocos consejeros de pareja apostarían por esta unión, pero San Pío de Pietrelcina, el franciscano de San Giovanni Rotondo famoso por sus milagros y estigmas, los conoció en 1924: ella era una chica de 17 años; él, un profesor de secundaria de 38 años, que había luchado en la Primera Guerra Mundial y había llegado a ser capitán. ¿Podía funcionar este noviazgo? El Padre Pío les profetizó que tendrían más de 20 hijos. Se casaron en 1926 y tuvieron 21 hijos, aunque cinco murieron en abortos naturales y otros tres en su infancia.
Los años de la Segunda Guerra Mundial y de la postguerra fueron muy duros, pero los comerciantes les daban créditos, y la Divina Providencia les ayudaba día a día. «Si no, no se explica», dice su hijo Stefano. «Papá y mamá nos invitaban siempre a confiar en la Providencia, a esperar su llegada a casa, como si fuese una persona», explica en «La Reppublica». Stefano tiene un recuerdo de cuando él tenía 10 años: «papá llegó a casa y mamá le dijo tímidamente, casi en un susurro: “¿sabes que estoy embarazada de nuevo?” Y él: “¿Ves? Otra llama que Dios ha encendido”».
Recuerda también que hacia finales de la guerra, su padre salió a buscar algo de comer para su numerosa familia, sin poder conseguir nada. Cuando volvía triste a casa, salieron sus hijos muy alegres a recibirle: habían recibido un paquete de ayuda alimentaria de los Aliados.
Dicen los sociólogos que las madres jóvenes y con muchos hijos corren riesgo de no poder darles una buena formación. Pero Licia, de quien se recuerda su «sonrisa constante, oración incesante y caridad sobrenatural», pudo ver a ocho de sus hijos obtener una licenciatura y a los trece establecerse bien en la vida. Su hijo Pío, por ejemplo, le dio nueve nietos: de ellos, siete entraron en vida religiosa en los Franciscanos de la Inmaculada, la orden fundada en 1970 por Stefano y que ha logrado una increíble expansión mundial con casi mil seguidores entre monjes, monjas, novicios y novicias. Es uno de los fenómenos vocacionales más asombrosos de los últimos años.
Espiritualidad franciscana
Stefano afirma en el digital «Tgcom» que «mis padres discutían, como es normal, pero nunca los vi pelearse. Probablemente tenían el sistema nervioso más fuerte de Europa». Hoy, entre hijos, nietos y bisnietos, tienen más de 200 descendientes, y querrían asistir a la beatificación.
En el Cielo, tomados de la mano
Matrimonios, en el santoral, hay unos cuantos, como es el caso de San Isidro, patrón de Madrid, y su esposa, Santa María de la Cabeza. Lo novedoso es que lleguen juntos a los altares, compartiendo proceso canónico y hasta milagro. Sólo hay dos casos. En octubre de 2001, Juan Pablo II beatificaba al matrimonio de Luigi Beltrame y María Corsini, de Roma, con cuatro hijos. Dos de ellos, ancianos sacerdotes, concelebraron la misa de beatificación. Por su intercesión conjunta se curó el joven Gilberto Rossi de alteraciones óseas. En octubre de 2008 fueron beatificados Louis Martin y Zélie Guérin, los padres de Santa Teresita de Lisieux. Se les atribuye la curación en 2002 del bebé Pietro Schiliro.
La fuente de toda esta fecundidad hay que buscarla en la espiritualidad franciscana que aprendieron del Padre Pío, a quien visitaban a menudo y que los consideraba como de su familia. Cuando recibía la noticia de que los Manelli daban a luz otro hijo, comunicaba su alegría a todo el convento. Ambos esposos entraron en la rama laica de los franciscanos, como terciarios.
Papa: “El Nacimiento recuerda el amor infinito de Dios por los hombres”
Más de 3.000 personas esperaban a Benedicto XVI en el aula Pablo VI del Vaticano para escuchar la última audiencia general antes de Navidad. El Papa explicó el sentido del Adviento, que prepara para estas fiestas. Lo definió como una “espera gozosa” que ayuda a acercarnos a Belén, donde “ha iniciado nuestra salvación”.
Benedicto XVI
“Compartimos la gran alegría que llenaba el corazón de María y José, y de todos los que dieron la primera bienvenida al esperado Salvador, que es Emmanuel, Dios-con-nosotros”.
Benedicto XVI explicó el significado de preparar el tradicional nacimiento o belén en las casas, lugares de trabajo o lugares de encuentro.
Benedicto XVI
"Esta Navidad, el Niño Jesús espera encontrarnos espiritualmente preparados para su venida. El tradicional belén, que las familias preparan en estos días, es un signo elocuente de que esperamos la llegada del Señor”.
El Papa aseguró que poner el Nacimiento es un “testimonio de la fe cristiana” que habla del amor infinito de Dios a los hombres.
En la audiencia general se encontraba también un grupo de peregrinos de la ciudad italiana de Bolsena, que este año ha regalado el árbol de Navidad de la plaza de San Pedro al Papa.
La agenda del Papa para esta Navidad
El Vaticano ha dado a conocer las citas de Benedicto XVI para estas fiestas. El día 24, el Papa pasará la cena de Navidad en el Apartamento Pontificio. Estarán con él sus dos secretarios, los sacerdotes Georg Ganswein y Alfred Xuereb. Será una Navidad triste porque recientemente ha fallecido una de las colaboradoras domésticas del Papa, considerada parte de la familia pontificia.
Federico Lombardi
“El Papa encenderá una vela desde su ventana al final de la breve ceremonia de inauguración del belén de la plaza de San Pedro, el 24 por la tarde. Después, antes de la Misa, pone al niño Jesús en el Nacimiento que tiene en su sala de estar, junto al árbol de Navidad”.
A las 10 de la noche hora de Roma, Benedicto XVI celebrará la Misa de Navidad en San Pedro. A esta Misa acuden embajadores y peregrinos de los cinco continentes, dando un colorido muy especial a la Basílica. Durante esa ceremonia, el año pasado, el Papa cayó al suelo cuando una joven saltó las barreras para saludarle.
El día 25, el Papa felicitará las Navidades en unos 60 idiomas. Se trata de la famosa bendición “Urbi et orbi” (“a la ciudad y al mundo”) desde el balcón central de la basílica de San Pedro.
“Desde el 28 de diciembre estará presente su hermano que viene de Alemania para pasar con él el resto de la Navidad. Es una antigua tradición de los dos hermanos. Antes era el cardenal Joseph Ratzinger quien iba a Alemania para estar con su hermano Georg y llegaba siempre el 28 de diciembre”.
Su última ceremonia del año 2010 es el rezo del 'Te Deum' en la basílica de San Pedro, para dar gracias a Dios por todo lo que ha ocurrido durante el año.
Como el día 1 de enero la Iglesia católica conmemora la Jornada Mundial por la Paz, el Papa celebrará su primera Misa de 2011 en el Vaticano para pedir por las necesidades de todos los países del mundo.
La última de las celebraciones del intenso periodo navideño será el 6 de enero, solemnidad de la Epifanía. En este día, en el que los niños son los protagonistas, se recuerda la visita y los regalos que tres sabios de Oriente llevaron al niño Jesús guiados por una estrella.
Esa mañana el Papa celebrará la Misa en el Vaticano y el ángelus en la plaza de San Pedro. Normalmente, entre los peregrinos hay algunos vestidos como los Reyes Magos.
En definitiva, una agenda apretada para celebrar la Navidad del modo más familiar posible.
Federico Lombardi
Portavoz Vaticano
Portavoz del Vaticano
Predicación de Raniero Cantalamesa al Papa y a la Curia Parte I
La respuesta cristiana al cientificismo ateo
“CUANDO CONTEMPLO TUS CIELOS, LA LUNA Y LAS ESTRELLAS, ¿QUÉ ES EL HOMBRE?” (Sal 8, 4-5)
1. Las tesis del cientificismo ateo
Las tres meditaciones de este Adviento 2010 quieren ser una pequeña contribución a la necesidad de la Iglesia que ha llevado al Santo Padre Benedicto XVI a instituir el “Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización” y a elegir como tema de la próxima Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos el tema “Nova evangelizatio ad cristianam fidem tradendam - La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.
La intención es la de señalar algunos nudos u obstáculos de fondo que hacen a muchos países de antigua tradición cristiana “refractarios” ante el mensaje evangélico, como dice el Santo Padre en el Motu Proprio con el que ha instituido el nuevo Consejo[1].
Los nudos o desafíos que pretendo tomar en consideración y a los que quisiera intentar dar una respuesta de fe son el cientificismo, el secularismo y el racionalismo. El apóstol Pablo los llamaría “los sofismas y toda clase de altanería que se levanta contra el conocimiento de Dios” (Cf. 2 Corintios 10,4).
En esta primera meditación examinamos el cientificismo. Para comprender qué se entiende con este término podemos partir de la descripción que hizo de él Juan Pablo II: “Otro peligro considerable es el cientificismo. Esta corriente filosófica no admite como válidas otras formas de conocimiento que no sean las propias de las ciencias positivas, relegando al ámbito de la mera imaginación tanto el conocimiento religioso y teológico, como el saber ético y estético”[2].
Podemos resumir así las tesis principales de esta corriente de pensamiento:
Primera tesis. La ciencia, y en particular la cosmología, la física y la biología, son la única forma objetiva y seria de conocimiento de la realidad. ”Las sociedades modernas, escribió Monod, se han construido sobre la ciencia. Le deben su riqueza, su poder, y la certeza de que riquezas y poder aún mayores serán accesibles un mañana al hombre, si él lo desea [...]. Provistas de todo poder, dotadas de todas las riquezas que la ciencia les ofrece, nuestras sociedades intentan aún vivir y enseñar sistemas de valores, ya minados en su base por esta misma ciencia”[3].
Segunda tesis. Esta forma de conocimiento es incompatible con la fe que se basa en presupuestos que no son ni demostrables ni falsables. En esta línea, el ateo militante R. Dawkins nos empuja incluso a definir “analfabetos” a esos científicos que se profesan creyentes, olvidando cuántos científicos muy famosos se han declarado y siguen declarándose creyentes.
Tercera tesis. La ciencia ha demostrado la falsedad, o al menos la no necesidad de la hipótesis de Dios. Es la afirmación a la que dieron amplio relieve los medios de comunicación de todo el mundo en los meses pasados, a causa de una afirmación del astrofísico inglés Stephen Hawking. Este, contrariamente a cuanto había escrito anteriormente, en su último libro The Grand Design, El Gran Diseño, sostiene que los conocimientos logrados por la física hacen ya inútil creer en una divinidad creadora del universo: “la creación espontánea es la razón por la que existe algo”.
Cuarta tesis: La casi totalidad, o al menos la gran mayoría de los científicos son ateos. Esta es la afirmación del ateísmo científico militante que tiene en Richard Dawkins, autor del libro God’s Delusion, El espejismo de Dios, su más activo propagador.
Todas estas tesis se revelan falsas, no en virtud de un razonamiento a priori o en virtud de argumentos teológicos y de fe, sino del análisis mismo de los resultados de la ciencia y de las opiniones de muchos entre los científicos más ilustres del pasado y del presente. Un científico del calibre de Max Planck, fundador de la teoría cuántica, dice, de la ciencia, lo que Agustín, Tomás de Aquino, Pascal, Kierkegaard y otros habían afirmado de la razón: “La ciencia nos lleva a un punto más allá del cual no puede guiarnos”[4].
Yo no insisto en la confutación de las tesis enunciadas, que ya ha sido hecha, con mayor competencia, por científicos y filósofos de la ciencia. Cito, por ejemplo, la crítica puntual de Roberto Timossi, en el libro L’illusione dell’ateismo. Perché la scienza non nega Dio, (La ilusión del ateísmo. Por qué la ciencia no niega a Dios) que publica la presentación del cardenal Angelo Bagnasco (Edizioni San Paolo2009). Me limito a una observación elemental. En la semana en la que los medios de comunicación difundieron la afirmación recordada, según el cual la ciencia ha hecho inútil la hipótesis de un creador, me encontré con la necesidad, en la homilía dominical, de explicar a cristianos muy sencillos, en una pequeña ciudad del Reatino, donde está el error de fondo de los científicos ateos y por qué no deberían dejarse impresionar por el impacto suscitado por esa afirmación. Lo hice con un ejemplo que quizás pueda ser útil repetir también aquí en un contexto tan distinto.
Hay pájaros nocturnos, como el búho y la lechuza, cuyos ojos están hechos para ver de noche en la oscuridad, no de día. La luz del sol les cegaría. Estos pájaros lo saben todo y se mueven a sus anchas en el mundo nocturno, pero no saben nada del mundo diurno. Adoptemos por un momento el género de las fábulas, donde los animales hablan entre sí. Supongamos que un águila haga amistad con una familia de lechuzas, y les hable del sol: de cómo lo ilumina todo, de cómo sin él, todo caería en la oscuridad y en hielo, cómo su propio mundo nocturno no existiría sin el sol. Qué respondería la lechuza, sino: “¡Tu cuentas mentiras! Nunca hemos visto vuestro sol. Nos movemos muy bien y nos procuramos alimento sin él; vuestro sol es una hipótesis inútil y por tanto no existe”.
Es exactamente lo que hace el científico ateo cuando dice: “Dios no existe”. Juzga un mundo que no conoce, aplica sus leyes a un objeto que está fuera de su alcance. Para ver a Dios es necesario abrir un ojo distinto, es necesario aventurarse fuera de la noche. En este sentido, es aún válida la antigua afirmación del salmista: “El necio dice: Dios no existe”.
2. No a lo científico, sí a la ciencia
El rechazo del cientificismo no nos debe naturalmente inducir al rechazo de la ciencia o a la desconfianza hacia ella, como el rechazo del racionalismo no nos lleva al rechazo de la razón. Actuar de otra forma sería un mal a la fe, más aún que a la ciencia. La historia nos ha enseñado dolorosamente a dónde lleva semejante actitud.
De una postura abierta y constructiva hacia la ciencia nos dio un ejemplo luminoso el nuevo beato John Henry Newman. Nueve años después de la publicación de la obra de Darwin sobre la evolución de las especies, cuando no pocos espíritus alrededor suyo se mostraban turbados y perplejos, él les tranquilizaba, expresando un juicio que anticipaba el actual de la Iglesia sobre la no incompatibilidad de esta teoría con la fe bíblica. Vale la pena volver a escuchar los pasajes centrales de su carta al canónigo J. Walker que conservan aún gran parte de su validez:
“Esta [la teoría de Darwin] no me da miedo [...] No me parece hilar lógicamente que se niegue la creación por el hecho de que el Creador hace millones de años impusiera leyes a la materia. No negamos ni circunscribimos al Creador por el hecho de que haya creado la acción autónoma que dio origen al intelecto humano, dotado casi de un talento creativo; mucho menos por tanto negamos o circunscribimos su poder, si consideramos que Él asignada a la materia leyes tales para plasmar y construir mediante su ciega instrumentalidad el mundo tal y como lo vemos, a través de eras innumerables [...]. La teoría del señor Darwin no necesariamente debe ser atea, sea cierta o no; puede sencillamente estar sugiriendo una idea más amplia de Divina Presciencia y Capacidad... A primera vista no veo como ‘la evolución casual de seres orgánicos’ sea incoherente con el designio divino - Es casual para nosotros, no para Dios”[5].
Su gran fe permitía a Newman mirar con gran serenidad los descubrimientos científicos presentes o futuros. “Cuando un diluvio de hechos, comprobados o presuntos, se nos echa encima, mientras infinitos otros ya empiezan a delinearse, todos los creyentes, católicos o no, se sienten invitados a examinar qué significado tienen tales hechos”[6]. Él veía en estos descubrimientos “una relación indirecta con las opiniones religiosas”. Un ejemplo de esta relación, creo yo, es precisamente el hecho de que en los mismos años en que Darwin elaboraba la teoría de la evolución de las especies, él, independientemente, enunciaba su doctrina del “desarrollo de la doctrina cristiana”. Señalando la analogía, en este punto, entre el orden natural y físico y el moral, escribía: “De la misma forma que el Creador descansó el séptimo día después de la obra realizada, y sin embargo ‘aún actúa’, así él comunicó de una vez por todas el Credo en el origen, y sin embargo favorece aún su desarrollo y provee a su incremento”[7].
De la actitud nueva y positiva por parte de la Iglesia católica hacia la ciencia es expresión concreta la Academia Pontificia de las Ciencias, en la que eminentes científicos de todo el mundo, creyentes y no creyentes, se encuentran para exponer y debatir libremente sus ideas sobre problemas de interés común para la ciencia y para la fe.
3. ¿El hombre para el cosmos o el cosmos para el hombre?
Pero, repito, no es mi intención empeñarme aquí en una crítica general del cientificismo. Lo que me urge poner en claro es un aspecto particular de éste que tiene una incidencia directa y decisiva en la evangelización: se trata de la posición que ocupa el hombre en la visión del cientificismo ateo.
Se ha convertido ya en una carrera entre los científicos no creyentes, sobre todo entre biólogos y cosmólogos, a ver quién va más lejos en afirmar la total marginalidad e insignificancia del hombre en el universo y en el mismo gran mar de la vida. “La antigua alianza se ha quebrantado –escribió Monod–; el hombre finalmente sabe que está solo en la inmensidad del Universo del que surgió por casualidad. Su deber, como su destino, no está escrito en ningún sitio”[8]. “Siempre he creído –afirma otro– ser insignificante. Conociendo las dimensiones del Universo, no hago más que darme cuenta de cuánto lo soy de verdad... Somos sólo un poco de fango en un planeta que pertenece al sol”[9].
Blaise Pascal confutó anticipadamente esta tesis con un argumento que conserva todavía toda su fuerza: “El hombre es solo una caña, la más frágil de la naturaleza; pero una caña que piensa. No es necesario que el universo entero se arme para aniquilarlo; un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero, aunque el universo lo aplastase, el hombre sería aun siempre más noble que lo que lo mata, porque sabe morir, y la superioridad que el universo tiene sobre él; mientras que el universo no sabe nada”[10].
La visión cientificista de la realidad, junto con el hombre, quita de golpe del centro del universo también a Cristo. Él se reduce, por usar las palabras de M. Blondel, a “un incidente histórico, aislado del cosmos como un episodio postizo, un intruso o un desconocido en la aplastante y hostil inmensidad del Universo”[11].
Esta visión del hombre tiene reflejos también prácticos, a nivel de cultura y de mentalidad. Se explican así ciertos excesos del ecologismo que tienden a equiparar los derechos de los animales e incluso de las plantas a los del hombre. Es sabido que hay animales cuidados y alimentados mucho mejor que millones de niños. La influencia se advierte también en el campo religioso. Hay formas difundidas de religiosidad en las que el contacto y la sintonía con las energías del cosmos ha tomado el sitio del contacto con Dios como camino de salvación. Lo que Pablo decía de Dios: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28), se dice aquí del cosmos material.
En ciertos aspectos, se trata del regreso a la visión precristiana que tenía como esquema: Dios - cosmos - hombre, y a la que la Biblia y el cristianismo opusieron el esquema: Dios-hombre-cosmos. El cosmos es para el hombre, no el hombre para el cosmos. Una de las acusaciones más violentas que el pagano Celso dirige a judíos y cristianos es la de afirmar que “Dios existe e, inmediatamente después de él, nosotros, desde el momento en que somos creados por él a su completa semejanza; todo nos está subordinado: la tierra, el agua, el aire, las estrellas; todo existe para nosotros y está ordenado a nuestro servicio”[12].
Existe también sin embargo una profunda diferencia: en el pensamiento antiguo, sobre todo el griego, el hombre, aún subordinado al cosmos, tiene una altísima dignidad, como puso en claro la obra magistral de Max Pohlenz, “El hombre griego”[13]; aquí en cambio parece que se tome gusto en deprimir al hombre y despojarlo de toda pretensión de superioridad sobre el resto de la naturaleza. Más que de un “humanismo ateo”, al menos desde este punto de vista, se debería hablar, en mi opinión, de anti-humanismo e incluso de inhumanismo ateo.
Vayamos ahora a la visión cristiana. Celso no se equivoca en hacerla derivar de la gran afirmación de Génesis 1, 26 sobre el hombre creado “a imagen y semejanza” de Dios[14]. La visión bíblica encontró su más espléndida expresión en el Salmo 8:
Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y la estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies.
La creación del hombre a imagen de Dios tiene implicaciones en ciertos aspectos sorprendentes sobre la concepción del hombre que el debate actual nos empuja a sacar a la luz. Todo se funda en la revelación de la Trinidad traída por Cristo. El hombre es creado a imagen de Dios, lo que quiere decir que participa en la íntima esencia de Dios que es relación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es evidente que hay un abismo ontológico entre Dios y la criatura. Sin embargo, por gracia (¡nunca hay que olvidar esta precisión!) este abismo se ha llenado, de manera que es menos profundo que el existente entre el hombre y el resto de la Creación.
Sólo el hombre, de hecho, como persona capaz de relaciones, participa en la dimensión personal y relacional de Dios, es su imagen. Lo que significa que él, en su esencia, aunque a un nivel de criatura, es lo que, a nivel increado, son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en su esencia. La persona creada es “persona” precisamente por este núcleo racional que le hace capaz de acoger la relación que Dios quiere establecer con ella y al mismo tiempo se hace generador de relaciones hacia los demás y hacia el mundo.
4. La fuerza de la verdad
Probemos a ver cómo se podría traducir en el plano de la evangelización esta visión cristiana de la relación hombre-cosmos. Ante todo una premisa. Resumiendo el pensamiento de su maestro, un discípulo de Dionisio Areopagita enunció esta gran verdad: “No se deben confutar las opiniones de los demás, ni se debe escribir contra una opinión o una religión que no parece buena. Se debe escribir sólo a favor de la verdad y no contra los demás”[15].
No se puede absolutizar este principio (a veces puede ser útil y necesario confutar las doctrinas falsas), pero es cierto que la exposición positiva de la verdad es a menudo más eficaz que no la confutación del error contrario. Es importante, creo, tener en cuenta este criterio en la evangelización y en particular hacia los tres obstáculos mencionados: cientificismo, secularismo y racionalismo. Más eficaz que la polémica contra ellos es, en la evangelización, la exposición irenística de la visión cristiana, haciendo hincapié en la fuerza intrínseca de ella cuando está acompañada por una convicción íntima y se hace, como inculcaba san Pedro, “con dulzura y respeto” (1 Pe 3,16).
La expresión más alta de la dignidad y de la vocación del hombre según la visión cristiana se ha cristalizado en la doctrina de la divinización del hombre. Esta doctrina no ha tenido la misma relevancia en la Iglesia ortodoxa y en la latina. Los Padres griegos, superando todas las hipotecas que la costumbre pagana había acumulado sobre el concepto de deificación (theosis), hicieron de ella el eje de su espiritualidad. La teología latina ha insistido menos en ella. “El objetivo de la vida para los cristianos griegos –se lee en el Dictionnaire de Spiritualité– es la divinización, el de los cristianos de occidente es la adquisición de la santidad... El Verbo se hizo carne, según los griegos, para restituir al hombre la semejanza con Dios perdida en Adán y para divinizarlo. Según los latinos, se hizo hombre para redimir a la humanidad... y para pagar la deuda debida a la justicia de Dios”[16]. Podríamos decir, simplificando al máximo, que la teología latina, tras Agustín, insiste más sobre lo que Cristo ha venido a quitar –el pecado– y la griega insiste más en lo que ha venido a dar a los hombres: la imagen de Dios, el Espíritu Santo y la vida divina.
No se debe forzar demasiado esta contraposición, como a veces se tiende a hacer por parte de autores ortodoxos. La espiritualidad latina expresa a veces el mismo ideal aunque evita el término divinización que, conviene recordarlo, es extraño al lenguaje bíblico. En la Liturgia de las horas de la noche de Navidad volveremos a escuchar la vibrante exhortación de san León Magno que expresa la misma visión de la vocación cristiana: “Reconoce, cristiano, tu dignidad y, hecho partícipe de la naturaleza divina, no quieras volver a la abyección de un tiempo con una conducta indigna. Acuérdate de quién es tu Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro”[17].
Por desgracia, ciertos autores ortodoxos se quedaron en la polémica del siglo XIV entre Gregorio Palamas y Barlaam y parecen ignorar la rica tradición mística latina. La doctrina de san Juan de la Cruz, por ejemplo, según la cual el cristiano, redimido por Cristo y hecho hijo en el Hijo, está inmerso en el flujo de las operaciones trinitarias y participa de la vida íntima de Dios, no es menos elevada de la de la divinización, aunque se expresa en términos distintos. También la doctrina sobre los dones de intelecto y de sabiduría del Espíritu Santo, tan querida a san Buenaventura y a los autores medievales, estaba animada por la misma inspiración mística.
No se puede con todo dejar de reconocer que la espiritualidad ortodoxa tiene algo que enseñar en este punto al resto de la cristiandad, a la teología protestante aún más que a la teología católica. Si hay de hecho algo verdaderamente opuesto a la visión ortodoxa del cristiano deificado por la gracia, esto es la concepción protestante, y en particular luterana, de la justificación extrínseca y forense, por la que el hombre redimido es “al mismo tiempo justo y pecador”, pecador en sí mismo, justo ante Dios.
Sobre todo podemos aprender de la tradición oriental a no reservar este ideal sublime de la vida cristiana a una élite espiritual llamada a recorrer las vías de la mística, sino a proponerla a todos los bautizados, a hacer de ella objeto de catequesis al pueblo, de formación religiosa en los seminarios y en los noviciados. Si vuelvo a pensar en los años de mi formación encuentro en ellos una insistencia casi exclusiva en una ascética que ponía todo el acento en la corrección de los vicios y la adquisición de las virtudes. A la pregunta del discípulo sobre el objetivo último de la vida cristiana un santo ruso, san Serafín de Sarov, respondía sin dudar: “El verdadero fin de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo de Dios. En cuanto a la oración, el ayuno, las vigilias, la limosna y toda otra buena acción hecha en el nombre de Cristo, son solo medios para adquirir el Espíritu Santo”[18].
5. “Todo fue hecho por medio de él”
La Navidad es la ocasión ideal para volver a proponernos a nosotros mismos y a los demás este ideal que es patrimonio común de la cristiandad. Es la encarnación del Verbo de donde los Padres griegos hacen derivar la posibilidad misma de la divinización. San Atanasio no se cansa de repetir: “El Verbo se hizo hombre para que nosotros pudiésemos ser deificados”[19]. “Él se encarnó y el hombre se ha convertido en Dios, pues se ha unido a Dios”, escribe a su vez san Gregorio Nacianceno[20]. Con Cristo es restaurado, o devuelto a la luz, ese ser “a imagen de Dios” que funda la superioridad del hombre sobre el resto de la Creación.
Observaba antes que la marginación del hombre lleva consigo automáticamente la marginación de Cristo del cosmos y de la historia. También desde este punto de vista la Navidad es la antítesis más radical a la visión cientificista. En ella se escuchará proclamar solemnemente que “todo fue hecho por medio de él y sin él no se hizo nada de cuanto existe” (Jn 1,3); “Todo fue creado por medio de él y en vista de él” (Col 1, 16). La Iglesia ha recogido esta revelación y en el Credo nos hace repetir: Per quem omnia facta sunt, Por medio de él se hizo todo.
Volver a escuchar estas palabras, mientras a nuestro alrededor no se hace sino repetir ‘El mundo se explica por sí solo, sin necesidad de la hipótesis de un creador’, o también ‘somos fruto de la casualidad y de la necesidad’, provoca indudablemente un shock –reconoció–, pero es más fácil que una conversación y una fe surjan de un shock semejante que de una larga argumentación apologética. La pregunta crucial es: ¿seremos capaces, nosotros que aspiramos a volver a evangelizar el mundo, de dilatar nuestra fe a estas dimensiones de vértigo? ¿Creemos verdaderamente, con todo el corazón, que “todo fue hecho por medio de Cristo y en vista de Cristo”?
En su libro de hace tantos años Introducción al cristianismo usted, Santo Padre, escribía: “Con el segundo artículo del ‘Credo’ estamos ante el auténtico escándalo del cristianismo. Esto está constituido por la confesión de que el hombre-Jesús, un individuo ajusticiado hacia el año 30 en Palestina, sea el ‘Cristo’ (el ungido, el elegido) de Dios, es más, incluso el Hijo mismo de Dios, por tanto el punto central, el eje determinante de toda la historia humana... ¿Nos es verdaderamente lícito aferrarnos al frágil cabo de un único acontecimiento histórico? ¿Podemos correr el riesgo de confiar toda nuestra existencia, es más, toda la historia, a este hilo de paja de un acontecimiento cualquiera, que flota en el océano sin límites de la vicisitud cósmica?”[21].
A estas preguntas, Santo Padre, respondemos sin duda como lo hace usted en ese libro y como no se cansa de repetir hoy, en calidad de Sumo Pontífice: sí, es posible, es liberador, y es gozoso. No por nuestras fuerzas, sino por el don inestimable de la fe que hemos recibido y por la que damos infinitas gracias a Dios.
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