jueves, 14 de abril de 2011

El Papa afirma que es necesario un acto de fe para creer en la resurrección

Benedicto XVI se dirigió como cada domingo a los fieles durante el rezo del ángelus en la Plaza de San Pedro. Tomando como guión las lecturas de la misa del día, que versaban sobre la enseñanza tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento acerca de la resurrección, el Santo Padre aseguró que la creencia en la misma y «en la vida eterna va acompañada no raramente de muchas dudas y de tanta confusión, porque se trata de una realidad que sobrepasa los limites de nuestra razón y requiere un acto de fe».
Benedicto XVI explicó que nuestro corazón se asoma más allá del muro la muerte, y aunque no podemos conocer lo que esconde, expresamos con símbolos el deseo de eternidad.
El Santo Padre ha recordado que hay otra muerte, que ha costado a Cristo la lucha más dura, pagando el precio de la cruz: “es la muerte espiritual, el pecado, que amenaza arruinar la existencia del hombre. Cristo ha muerto para vencer esta muerte, y su resurrección no es el regreso a la vida precedente, sino la apertura a una realidad nueva, a una nueva tierra, finalmente reconciliada con el Cielo de Dios”.
El Papa ha pedido a los fieles que se dirijan a la Virgen María, que ya participa de esta Resurrección, para que les ayude a decir con fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn. 11,27), a descubrir que Él es verdaderamente nuestra salvación”.
infocatolica.com

Articulo: EL día de hoy

La diferencia entre un día luminoso y un día gris, está en la forma como decides afrontarlo.
Esta mañana desperté emocionado con todas las cosas que tengo que hacer antes de que el reloj marque la medianoche. Tengo responsabilidades que cumplir hoy. Soy importante. Mi trabajo es escoger qué clase de día voy a tener.
Hoy puedo quejarme porque el día esta lluvioso o puedo dar gracias a Dios porque las plantas están siendo regadas gratis.

Hoy me puedo sentir triste porque no tengo mas dinero o puedo estar contento de que mis finanzas me empujan a planear mis compras con inteligencia.

Hoy puedo quejarme de mi salud o puedo regocijarme de que estoy vivo.

Hoy puedo lamentarme de todo lo que mis padres no me dieron mientras estaba creciendo o puedo sentirme agradecido de que me permitieran haber nacido.

Hoy puedo llorar porque las rosas tienen espinas o puedo celebrar que las espinas tienen rosas.

Hoy puedo auto-compadecerme por no tener muchos amigos o puedo emocionarme y embarcarme en la aventura de descubrir nuevas relaciones.

Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a trabajar o puedo gritar de alegría porque tengo un trabajo.

Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a la escuela o puedo abrir mi mente enérgicamente y llenarla con nuevos y ricos conocimientos.

Hoy puedo murmurar amargamente porque tengo que hacer las labores del hogar o puedo sentirme honrado porque tengo un techo para mi mente, cuerpo y alma.

Hoy el día se presenta ante mi esperando a que yo le de forma, y aquí estoy, el escultor que tiene que darle forma. Lo que suceda hoy depende de mi, yo debo escoger qué tipo de día voy a tener.
encuentra.com

Articulo de Juan Pablo II: Ser Santos

La santidad no es algo reservado a algunas almas escogidas; todos, sin excepción, estarnos llamados a la santidad.

Ya he escuchado las preguntas que queréis hacerme: ¿Cómo podemos llegar a ser santos si hay tantos obstáculos en nuestro camino? ¿Cómo podemos ser honrados si hallamos atropello y corrupción a nuestro alrededor? ¿Cómo podemos llegar a ser santos si el camino más seguro para ganarse la vida es destacar y explotar a los otros? ¿Cómo podemos ser santos si vivimos en un mundo que devalúa el verdadero amor o no aprecia la belleza del amor casto? Escucho estas preguntas y otras muchas. Dios Padre conoce vuestras dificultades, pero también conoce la profundidad con que queréis hacer bien las cosas; la profundidad con que queréis seguir a Cristo, porque sabéis que «Él es el camino, la verdad y la vida».
La santidad, más que una conquista, es un don que se concede: el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
La Iglesia, más que de «reformadores», tiene necesidad de santos, porque los santos son los auténticos y más fecundos reformadores.
Vivid con valentía vuestra vida personal, aun cuando os parezca insignificante. La gran maestra de la vida insignificante, Teresa de Lisieux, en sus pocos años de vida, nos enseñó la grandeza que pueden tener ante Dios las actividades insignificantes, normales.
Existe, por un lado, la santidad llamativa de algunas personas; pero también existe la santidad desconocida de la vida diaria.
Todo el que quiera comenzar un camino de perfección no puede renunciar a la cruz, a la mortificación, a la humillación y al sufrimiento, que asemejan al cristiano con el modelo divino que es el Crucificado.
¡Hacer la voluntad de Dios! ¿No está acaso en esto la quintaesencia de la santidad?
Todos están llamados a amar a Dios con todo su corazón y con toda el alma, y a amar al prójimo por amor a Dios. Nadie está excluido de esta llamada tan clara de Jesús. Vosotros, por tanto, «sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial».
Un santo es, en su vida y en su muerte, traducción del Evangelio para su país y su época. Cristo no vacila en invitar a sus discípulos al seguimiento, a la perfección. El Sermón de la Montaña es la única escuela para ser santos. ¡No tengáis miedo ante esa palabra!, ¡no tengáis miedo ante la realidad de una vida santa!
La humildad es el primer paso hacia la santidad.
La santidad consiste, primeramente, en vivir con convicción la realidad del amor de Dios, a pesar de las dificultades de la historia y de la propia vida.
La santidad consiste, además, en la vida de ocultamiento y de humildad: saberse sumergir en el trabajo cotidiano de los hombres, pero en silencio, sin ruidos de crónica, sin ecos mundanos.
La santidad del hombre es obra de Dios. Nunca será suficiente manifestarle gratitud por esta obra. Cuando veneramos las obras de Dios, veneramos y adoramos sobre todo a Él mismo, el Dios Santísimo. Y entre todas las obras de Dios, la más grande es la santidad de una criatura: la santidad del hombre.
Aunque la santidad nace de Dios mismo, a la vez, desde el punto de vista humano, se comunica de hombre a hombre. De este modo, podemos decir también que los santos «engendran» a los santos.
Juan Pablo II

Jóvenes confunden al diablo con "ángel rebelde" y crece satanismo en el mundo

El experto en satanismo, Carlo Climati, denunció que "cada día aumenta el número de jóvenes que se declaran seducidos por el diablo y la magia negra" con la ilusión de vivir una vida sin reglas siguiendo a un "ángel rebelde".
En una entrevista concedida el 5 de abril a ACI Prensa en Roma, Climati explicó que el satanismo "destruye aquellos valores universales que están escritos en el corazón de cada ser humano"; crea confusión y "una especie de sociedad al revés, donde el bien se vuelve mal y el mal se vuelve bien".
Consideró que los jóvenes confunden al diablo con un "ángel rebelde", y se dejan capturar "por la ilusión de una vida aparentemente libre, sin reglas", por una libertad engañosa que les lleva "a un estado de dependencia y de esclavitud".
La moda satánica y del esoterismo se extiende por todo el mundo, "por desgracia, la sociedad moderna está con frecuencia dominada por el relativismo moral y esto favorece la difusión del satanismo".
Climati explicó que a menudo, los jóvenes son "víctimas de una soledad terrible, de la incomunicación y de situaciones familiares difíciles", y encuentran en el esoterismo una "solución fácil e inmediata a sus problemas", lo confunden con un juego. "En los últimos años los jóvenes han sufrido una especie de lavado de cerebro que los empuja a no tener miedo del mundo del ocultismo", indicó.
El autor explicó a ACI Prensa que cierta "música rock puede considerarse 'diabólica' o anti educativa", y puede resultar "un puente entre el adolescente y el culto al diablo".
El "rock satánico""se reconoce fácilmente por los textos violentos y anticristianos", y por "las cubiertas de los CDs que ofrecen imágenes sanguinarias y blasfemas", dijo el experto.
Asimismo, consideró que Internet y lo medios de comunicación son a menudo peligrosos para los "jóvenes psicológicamente frágiles", que se divierten practicando "ritos que inventan después de haber navegado en Internet o después de la lectura de cualquier libro esotérico", "por desgracia, a veces, se puede llegar a cometer actos de violencia o asesinato".
Climati es responsable de la oficina de prensa del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, y recientemente participó en el curso "Exorcismo y oración de liberación", celebrado en Roma con el auspicio de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y la Congregación para el Clero.
En el curso se dio a jóvenes sacerdotes herramientas para apoyar a las familias y diferenciar de un modo rigurosamente científico el exorcismo como tema espiritual y teológico, del fenómeno del satanismo, vinculado a aspectos más sociales.
aciprensa.com

El hermano del ministro asesinado pide al Papa que siga apoyando a los cristianos de Pakistán


Paul Bhatti es hermano de Shabbaz Bhatti, el primer cristiano Ministro para Minorías Religiosas en Pakistán. Shabbaz fue asesinado por extremistas islámicos el 2 de marzo por su oposición a la ley de antiblasfemia y por apoyar a Asia Bibi, la cristiana sentenciada a muerte acusada de violar esta norma.


Asegura que su familia ha perdonado a los asesinos ya que el perdón forma parte de su fe cristiana. Espera que su hermano sea recordado por su trabajo por la paz.

Paul Bhatti
Consejero especial para Minorías Religiosas (Pakistán)

“No es sólo un mártir del Cristianismo es un mártir de la humanidad porque luchaba por los derechos fundamentales de las personas. Mi hermano ayudaba a los no cristianos que estaban en dificultad. Su mensaje y sus esfuerzos se centraban en quienes necesitaban la paz”.

Paul Bhatti ha viajado a Roma para reunirse con líderes religiosos y recordar juntos la muerte de su hermano.

Han debatido cuál es la mejor forma de llegar a una interpretación pacífica de la ley sobre blasfemia en Pakistán y cómo superar la tensión religiosa que ha derivado con frecuencia en violencia.

Syed Muhammad Abdul Khabir Azad
Gran Imán Mezquita Badshahi, Lahore (Pakistán)

“Admito que desgraciadamente hay muchos que no son auténticos musulmanes, que no representan el Islam, y que están creando problemas a habitantes de Pakistán y están contribuyendo a distorsionar la imagen de nuestro país”.

Mons. Joseph Coutts
Obispo de Faisalabad (Pakistán)

“Los cambios no llegan repentinamente. Es cierto que un suceso como éste influye en el curso de los acontecimientos y ha afectado a todo el país. Tenemos que construir sobre esto, tenemos que seguir adelante. No creo que el cambio venga por sí solo y tampoco veo que se vaya a producir pronto”.

Paul Bhatti y el Gran Imán de Lahore, Pakistán, se reunieron con Benedicto XVI. Bhatti pidió al Papa que continúe apoyando a los cristianos de Pakistán y le aseguró que el mayor problema al que se enfrentan es la falta de libertad religiosa por la ley de blasfemia.

Bhatti ha sido nombrado consejero especial del Primer Ministro de Pakistán para Minorías religiosas y espera continuar el trabajo de su hermano y seguir trabajando por la libertad religiosa.

Paul Bhatti
Consejero especial para Minorías Cristianas (Pakistán)

“Su mensaje y esfuerzos eran para las personas que necesitaban la paz, que buscaban defender sus propios derechos, que necesitaban libertad de expresión. Como la comunidad cristiana era la más necesitada en este campo, trabajó más por ella”.

El asesinato de Shahbaz Bhatti ha dejado una profunda huella en la población pakistaní. Una huella que la familia de Bhatti espera que recuerde el mensaje de paz por el que dio su vida.
romereports.com

Juan Pablo II nos acompaña desde el Cielo, dice Benedicto XVI

Tras la proyección ayer por la tarde del documental "Peregrino vestido de blanco" sobre el pontificado del Papa Juan Pablo II, el Papa Benedicto XVI dijo que Karol Wojtyla, a quien beatificará el próximo 1 de mayo, "nos sigue acompañando desde el Cielo".
En su discurso en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico Vaticano, luego de ver el documental dirigido por el polaco Jarosław Szmidt y producido por Artrama, Benedicto XVI señaló que Juan Pablo II se distinguió por dos "puntos cardinales en su vida y su ministerio: la oración y el celo misionero".
"Juan Pablo II ha sido un gran contemplativo y un gran apóstol de Cristo. Dios lo ha elegido para la sede de Pedro y lo ha conservado buen tiempo para introducir a la Iglesia en el tercer milenio. Con su ejemplo nos ha guiado a todos en este peregrinaje y ahora nos sigue acompañando desde el Cielo".
El Papa agradeció también a los realizadores del documental y señaló que es "una válida contribución ante la próxima beatificación de mi amado predecesor" en la que se puede apreciar diversos testimonios y entrevistas, además de una rica documentación.
"Todo esto tiene como objetivo hacer emerger fielmente la personalidad del Papa o su infatigable acción durante todo su extenso pontificado".
Finalmente Benedicto XVI reiteró su agradecimiento a todos los que han hecho posible este film "que nos ayuda a atesorar el luminoso testimonio del Papa Juan Pablo II. Con este sentimiento de reconocimiento, bendigo de corazón a todos ustedes y a vuestros seres queridos".
aciprensa.com

Muerte espiritual del pecado amenaza con arruinar vida del hombre, advierte el Papa

Miles de fieles y peregrinos se dieron cita este mediodía (hora local) en la Plaza de San Pedro para rezar el Ángelus con el Papa Benedicto XVI, quien señaló que el pecado genera la muerte espiritual que amenaza con arruinar la vida del hombre.
"La muerte representa para nosotros un muro que nos impide ver más allá; sin embargo nuestro corazón está volcado hacia el más allá, y si bien no podemos conocer lo que este esconde, lo pensamos, lo imaginamos, expresando con símbolos nuestro deseo de eternidad", dijo el Pontífice.
El Papa habló de la resurrección e hizo notar como la "aspiración ancestral del hombre por ser sepultado con sus padres es una anhelo de una 'patria' que lo acoja al final de las fatigas terrenas".
"Entre los cristianos, la fe en la resurrección y en la vida eterna se acompaña no raramente por tantas dudas, tanta confusión, porque se trata de una realidad que sobrepasa los límites de nuestra razón y exige un acto de fe".
Reflexionando sobre el Evangelio de hoy, el Santo Padre afirmó que "Cristo derrumba los muros de la muerte, en Él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tiene poder alguno sobre Él; y la resurrección de Lázaro es el signo de su pleno dominio sobre la muerte física, que frente a Dios es como un sueño".
Benedicto XVI resaltó asimismo la existencia de otra muerte, que al mismo Cristo "costó una lucha aún más dura: la muerte espiritual, el pecado, que amenaza con arruinar la existencia de cada hombre. La resurrección de Cristo no es el regreso a la vida precedente, sino la apertura a una nueva realidad, una nueva tierra que está unida al Cielo de Dios".
En español, el Papa dijo que "en el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma, contemplamos a Jesús que devuelve a la vida a su amigo Lázaro, después de haber llorado su muerte".
"En estos días, y ante la proximidad del comienzo de la Semana Santa, pidamos a la Virgen María que nos ayude en nuestro camino de preparación espiritual, para que, a través de la oración, las obras de caridad y de penitencia cuaresmal, podamos participar con fruto en la Pascua de Aquel que es la resurrección y la vida. Feliz domingo", concluyó.
aciprensa.com

¿Qué es servir?

Se ve que la virtud del servicio no está de moda, no es rentable. Cuando se busca literatura sobre este tema se pueden encontrar libros especializados sobre empresas en donde se dan recetas para que el cliente quede satisfecho y ejemplos de lo que les ha redituado esas recetas.
 
Si bien servicio y cliente (los demás) van de la mano y son inseparables, lo primero que se puede decir al leer este tipo de literatura es que el servicio no es una receta, no se puede dar por decreto, sino que debe ser algo más profundo, una especie de hábito personal, una especie de virtud que se ejerce desde el fondo de la persona y que termina por generar lo que se conoce como espíritu de servicio
Cuando se habla de servir, se habla necesariamente de alguien que recibe ese servicio. Es por eso que mencionábamos que servicio y los demás es un binomio inseparable.
Podemos afirmar que el servicio es esa disposición interna por la que se está al pendiente de las necesidades de los demás y de satisfacerlas en la medida de lo posible.
Quizá en la misma definición que se acaba de dar se encuentra la dificultad para vivirla y posiblemente la razón de la mala fama que tiene el servicio, ya que implica pensar en los demás y en la actualidad se vive más la actitud opuesta al servir que es el egoísmo.
Servir, implica observación y posteriormente la detectación de las necesidades de los demás, sin embargo hay que reconocer que normalmente estamos pendientes, casi de manera exclusiva de nuestras propias necesidades.
Partiendo de la misma definición, se puede afirmar que no solo implica detectar lo que se necesita –que se podría decir que es la parte pasiva-, sino que está la parte activa de resolver, en la medida de lo posible esas carencias que se van detectando.
Hace poco me comentaban de una reunión, en la que el anfitrión de una manera discreta iba resolviendo lo que sus invitados necesitaban. Cuando alguno encendía un cigarrillo, de una manera discreta y sin ostentaciones le acercaba el cenicero. Al momento de comer, alguno sin decir nada buscaba algo en la mesa y el acercaba el salero o le servía más agua. A un conocido que acababa de tener cierto logro en su empresa y que se le veía que quería platicarlo, le daba pie para que comenzara con su conversación. La reunión se llevaba a cabo en el patio, y de repente uno de ellos se vio cobijado por una chamarra sin siquiera haberla pedido, solamente había comentado que se comenzaba a sentir un poco fresco.
Lo que les llamaba la atención era ese estar pendiente de ellos y la forma que tenía el anfitrión de adelantarse a sus necesidades de una manera tan acertada.
Esto es lo que llamamos detectar necesidades.
Cuando alguna persona le preguntó como le hacía para ser tan acertado en la detección de las necesidades de los demás, comentó que observaba y se preguntaba que es lo que él necesitaría en ese momento.
Sin querer estaba describiendo una virtud anexa al servicio como lo es el hábito de la empatía.
Sin caer en definiciones etimológicas, cuando se habla de la empatía, se suele hacer un símil con un término que se usa mucho: empatar. Cuando alguien empata significa que iguala lo de otra persona. Por ejemplo se empata un partido de algún juego cuando el resultado es el mismo para los dos equipo. Empatar sentimientos es sentir lo mismo que está sintiendo la otra persona. Empatía –sentir con- es descubrir lo que la otra persona siente y pensar que cosa sentiría uno mismo, en esas mismas circunstancias. De aquí se desprende una nueva virtud anexa al servicio como es la comprensión.
En la literatura de servicio, en la cual no se habla de virtudes, la empatía la asemejan a la famosa frase “pensar como cliente”. Normalmente en las empresas uno está acostumbrado a realizar su trabajo sin pensar que éste es interdependiente con el trabajo de otros. Que lo que normalmente se hace tiene importancia para el trabajo de los demás. Por ejemplo una recepcionista de hotel, nos puede afirmar que su trabajo es darle entrada a los huéspedes, registrándoles y asignándoles la habitación. De acuerdo, lisa y llanamente ese es su trabajo, pero cuando se le pide que piense como cliente debe empatar los sentimientos que tiene cualquier persona que llega a un lugar desconocido y pensar cómo le gustaría que la trataran.
Hace tiempo en un departamento de recursos humanos se les pidió a los que laboraran ahí, aprovechando el cambio de guardias de seguridad que no los conocían, a que hicieran un simulacro para solicitar empleo en su misma empresa. Para darle más realismo se pusieron oficinistas en ese departamento de otra planta, que no los conocían. Los resultados no fueron del todo agradables. Tuvieron su disgusto con los guardias por el trato que les dieron, y con los oficinistas por el tiempo que les hacían esperar y la poca información que les daban.
La idea era que se dieran cuenta que independientemente que realizaran bien su trabajo, el pensar como clientes –empatía- les descubrió una serie de defectos y errores que no les gustaron vivir y que algunos comenzaron a cambiar.
Saber meterse en los zapatos de los demás es sentir con ellos y lo más importante detectar las necesidades que van surgiendo con lo cual la virtud del servicio se comienza a vivir.
Sin embargo, aunque detectar las necesidades de los demás es ya un logro, se queda estéril si esas necesidades no se cubren.
Al hablar con gerentes y supervisores, cuando preguntan por la esencia de la gerencia y de la supervisión se les contesta que consiste en «estar al pendiente de que las personas que trabajan con ellos tengan todo lo necesario para realizar bien su trabajo» en pocas palabras se les está hablando del servicio y de la empatía.
Se afirma que la atención de una persona solamente puede estar fija efectivamente, en una sola cosa a la vez. Posiblemente se esté pensando en esa persona que alguna vez ha hablado con nosotros y que mientras lo hace mete datos a la computadora y contesta el teléfono, alguna de las tres cosas sufre por su falta de atención.
La atención del ser humano solamente puede estar centrada en sí misma o en los demás. Cuando la atención la fijo exclusivamente en lo mío, se sufre, porque las carencias personales hacen que uno se sienta mal.
Ha habido ocasiones, en la experiencia de cada uno, que al llegar al trabajo se viene molesto, quizá por algún disgusto con la pareja, o posiblemente se trae un dolor de cabeza. Al llegar al trabajo se da cuenta que tiene demasiadas cosas importantes por hacer y de inmediato se pone a realizarlas. Posiblemente con tanta carga de trabajo se olvide hasta de ir a comer. Sin darse cuenta el día se le va volando y cuando menos se lo imagina ya es la hora de regresar a casa. Al salir, se acuerda nuevamente del disgusto y posiblemente el dolor de cabeza vuelva a aparecer.
Mientras estuvo activo, pensando en el trabajo y realizándolo se olvido de sí mismo, puesto que la atención estuvo centrada en sus labores. Al salir la atención vuelve a centrarse en sí mismo y todo lo negativo vuelve a aparecer.
Todo este ejemplo viene a colación tratando de entender la frase de Víctor Frankl, que afirma que «la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, cuando más se quiere abrir hacia adentro, más se cierra»
El servicio que es esa virtud que nos saca de nosotros mismos tiene como consecuencia esa felicidad porque nos hace pensar en los demás, esto es ver hacia fuera.
Se puede afirmar sin temor a equivocarse que una de las primeras consecuencias de vivir el servicio es la alegría.
Una de las características destacables de este mundo globalizado es el egoísmo. Se nos invita a pensar exclusivamente en nosotros y algunos se lo toman muy en serio. Vemos cómo el matrimonio se convierte en ocasiones como una fuente de desarrollo del egoísmo. La misma competitividad, que dentro de ciertas reglas y bajo ciertas perspectivas es buena, se torna en una búsqueda de objetivos personales que para conseguirlos se pasa por encima de los demás.
Poco se habla de la soledad que se genera alrededor del egoísmo. Quizá por esto hablar de servir no es tan interesante aparentemente.
En nuestras experiencias personales, las actitudes de servicio se puede demostrar que se pagan solas. Brindan una satisfacción personal en ocasiones difíciles de describir. El olvido de uno mismo, se puede afirmar, que es también el inicio de la solución de muchos conflictos. Cuando alguien se centra en sí mismo, detectará carencias reales e inventadas y de acuerdo a su temperamento, hasta podría aumentar la susceptibilidad.
Hace poco una persona que tuvo que guardar cama por varios días debido a una enfermedad, contaba que se planteó dos posibles actitudes: hacerse el centro de atención de su casa o procurar pensar a pesar de su indigencia en hacerle la vida agradable a los demás.
Optó por la primera y se dio cuenta que todos a su alrededor seguían su vida normal, tareas, quehaceres etc. No quiere decir que se olvidaran de visitarlo o de ayudarle los miembros de su familia, que estaban preocupados por su salud, sino que tenían que hacer en la medida de lo posible sus propias vidas.
El enfermo después del segundo día, se sintió solo, que nadie lo tomaba en serio, que solo lo tomaban en cuenta como proveedor etc. Decidió cambiar de actitud y volcarse en los demás, conversar más con ellos cuando llegaban a saludarlo y no darle tanta importancia a sus síntomas cuando le preguntaban por ellos y de hecho cambiaba la conversación interesándose más por lo ocurrido a lo largo del día en la escuela o en el trabajo. Mandó comprar dulces que repartía a sus visitas y se cuestionaba que más podía hacer por aquellas personas que lo visitaban. Seguía con sus dolores pero como él mismo afirmaba se había quitado el que más le costaba y que se llamaba egoísmo.
Pensar como clientes
Una de las mejores formas de vivir el servicio es la pensar como clientes. A las empresas cuyo trato con el personal es directo se les pide que piensen como si fueran clientes y que se darían cuenta la cantidad de cosas que podrían cambiar.
Se vuelve al aspecto empático. Cada uno en la empresa que labore, sea cual sea su giro, debe pensar en las carencias que presentan los demás pensando ellos mismos como clientes.
A un gerente que tenía un alto índice de rotación se le pidió que viviera como personal de línea por lo menos un día y que tomara acciones de acuerdo a lo que vivía. Después de ese día, se preocupó más por el baño y el comedor y tuvo una larga charla con un supervisor de carácter un tanto agrio. Se dio cuenta de la cantidad de material básico que se necesitaba para que el personal hiciera productivamente su trabajo; descubrió el calor insoportable que se sentía en la línea y descubrió también porque se gastaba tanta agua. Solo lo consiguió pensando como cliente y en sus propias necesidades.
A cierto médico le tocó ser atendido, debido a un accidente en el mismo hospital que trabajaba y se dio cuenta la cantidad de cosas que se pasaban por alto y el trato indigno que se recibía en ese hospital. Posiblemente ya lo intuía, pero al vivirlo como cliente se dio cuenta de la cantidad de cosas que debería cambiar.
Hay personas que aún no alcanzan a entender que una de las mejores maneras de generar un liderazgo eficaz en su lugar de trabajo, es sirviendo. Como se viene afirmando el objeto del servicio es de alguna manera el resolver carencias. Cuando alguna persona nos ayuda en nuestras necesidades y lo hace con cierta continuidad, se crea una admiración y un sentido de respeto por lo que hace y esto es una manera de consolidar el liderazgo.
Para terminar me gusta repetir esta frase que encierra en sí misma una dosis de sabiduría:
¿Sirves o no sirves?.

José Luís Castañeda Lerma
www.sicap-instituto.com

Los defectos de los santos

Algunos libros de vidas de santos han omitido las debilidades de sus protagonistas, probablemente porque temían que nos escandalizáramos al saber que fueron hombres y mujeres como nosotros.
Pero precisamente es bueno comprobar que los que están en los altares no son de cera, ni de yeso, ni de plástico, sino, como todos los mortales, de carne y hueso, sufren dolores y tienen sus agobios; son personas comunes que tienen que tomar medicamentos o duermen mal o se distraen en la oración.
Muchos libros han puesto a los canonizados tan distantes de nosotros, que lo único que podemos hacer es admirarlos. Los colocan tan lejos, tan arriba, tan cubiertos de ropajes incómodos y ostentosos, tan desligados de todo lo nuestro, que no hay forma de imitarlos. Estas biografías nos convencen que la santidad no es para nosotros.
Pero las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: ellos luchaban y ganaban, luchaban y perdían y entonces volvían a la lucha.
En la vida de las almas santas hay algunas veces cosas extraordinarias, acontecimientos sobrenaturales, intervenciones claras de Dios. Pero no son éstas las que los llevaron a ser santos, pues las acciones no eran de ellos, sino de Dios. Lo que los hizo santos fue la generosidad en la correspondencia al amor de Dios en su vida ordinaria, en todos los días, los meses, los años en los que no hubo cosas extraordinarias.
Es bueno saber que santa Teresita del Niño Jesús tenía una terquedad invencible desde niña; que san Alfonso María de Ligorio tenía un genio endemoniado; que san Agustín fue un gran pecador antes de su conversión y que santa Teresa de Jesús confesó nunca haber podido rezar un rosario completo sin distraerse.
Es admirable ver a los santos: hombres muy hombres y mujeres muy mujeres, con grandes virtudes, acciones heroicas y fallos garrafales.
La santidad no consiste en subirse a una columna con una palma en la mano y un crucifijo en el pecho. Los santos no son inactivos, siempre se mueven haciendo cosas tan simples como preocuparse por la enfermedad de un hermano, dar de comer al perro, cumplir con su trabajo y hacer con alegría los encargos que les piden.
Estos son los santos de hoy, los que van en el metro, rezan a la Virgen, trabajan en el campo, escriben a máquina, descansan el fin de semana y vuelven todos los lunes al mismo trabajo, preocupándose sólo de hacer extraordinariamente bien aquello que les ha tocado hacer.
Jesús Urteaga Loidi

Lo que vale el tiempo

Tan importante es un segundo como una hora, en trabajo, en amistad, en productividad, en hacer algo bueno con nuestra vida...
- Para darse cuenta del valor de un año: preguntarle a un estudiante que ha fallado en un examen final.
- Para darse cuenta del valor de un mes: preguntarle a una madre que ha dado a luz a un bebe prematuro.
- Para darse cuenta del valor de una semana: preguntarle al editor de un diario semanal.

- Para darse cuenta del valor de una hora: preguntarle a amantes que esperan para verse.

- Para darse cuenta del valor de un minuto: preguntarle a quien ha perdido el tren, el ómnibus o el avión.

- Para darse cuenta del valor de un segundo: preguntarle a una persona que ha sobrevivido de un accidente.

- Para darse cuenta del valor de un milisegundo: preguntarle al competidor que ha ganado una medalla de plata en las olimpiadas.


El tiempo no espera para ninguno.

Atesora cada momento que tengas. Lo atesoras más cuando puedes compartirlo con alguien especial. Dios nos dio el Don de la Vida, el cual es temporal. Es decir cuando nacemos a esta vida humana, lo único seguro que tenemos es la muerte.

Cada segundo es irrepetible. Por eso, vive el momento, y mejor aún, vive en la Gracia de Dios.
encuentra.com

¿Cuál es la finalidad de tu vida?


¿Cuál es la finalidad de tu vida?.- Salimos de la casa de nuestros amigos ya oscurecido. Los hijos pequeños de esa familia, cariñosamente arropados por su madre, se habían ido a dormir uno tras otro. Nuestro destino era un volcán nevado, iniciando de noche la escalada para poder transitar, a plena luz del sol, por la zona más peligrosa.

La intensidad del frío hacía que nuestras bebidas se congelaran y que los dedos de las extremidades perdieran su sensibilidad. A medida que subíamos por la ladera empinada, el poco oxígeno del aire agudizaba la jaqueca. Fue entonces, unas tres horas después de la media noche cuando, en un repecho del sendero, apareció a nuestros pies la ciudad iluminada. La quietud citadina, el recuerdo del calor del hogar y el placentero sueño de esos niños me suscitaron una pregunta impetuosa: “Bueno, y yo, tonto de mí, ¿qué estoy haciendo en este lugar?”

¿Y sabré qué hago yo, no en la penumbra de un helado volcán, sino en la vida? ¿Soy producto del azar, un resultante biológico, algo casual? ¿Tiene mi vida alguna dirección, algún plan, algún propósito?

Preguntas como éstas se plantea cualquier individuo cuando se pone a pensar con un grado mínimo de sensatez. Y son preguntas que muchas veces se quedan sin respuesta, con la actitud desalentada de quien las considera imposibles de resolver. Otras veces, la respuesta es limitada, temporal, y por ello, insuficiente para la solución del enigma. Recuerdo, por ejemplo, el caso de un muchacho que vivía en una ciudad que no era la suya, al que pregunté: “Y tú, ¿sabes para qué vives?” “Para irme a Jalapa”, fue su contestación. Otros, quizá, dirán que viven para llegar a ser alguien, o para formar una familia, o para ser felices.

A veces los hombres piensan que podrían ser felices si consiguieran todo lo que desean. Pero cuando lo obtienen -riqueza, poder y salud; una familia generosa y amigos leales-, encuentran que aún les falta algo. Todavía no son verdaderamente felices. Siempre queda algo que su corazón anhela.

Hay personas más sabias que saben que el bienestar material es una fuente de dicha que decepciona. Con frecuencia, los bienes materiales son como agua salada para el sediento, que en vez de satisfacer el ansia de felicidad, la intensifica. Estos sabios han descubierto que el corazón del hombre no se sacia con bienes finitos, ni aunque los posea en enorme abundancia.
Y es que el corazón del hombre está hecho, nos dicen, para felicidades insospechadas: su coeficiente de dilatación no está acotado. Por eso la posesión de lo material no responde -y los testimonios vivenciales (quizá el tuyo propio incluido) podrían multiplicarse al infinito- a esas preguntas fundamentales para nuestra vida.

Si, de niños, asistimos al Catecismo elemental, quizá recordaremos las primeras cuestiones aprendidas con repetido sonsonete “¿Quién te creó?” Y, cuando respondíamos que ha sido Dios el autor de nuestra creación, nos volvían a inquirir sobre otra cuestión fundamental: “¿Para qué te ha creado Dios?” “Para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida, y después, verlo y gozarlo en la otra”, respondíamos. Y entonces (vendrán a decirnos los sabios) es cuando ese anhelo de felicidad infinita se empezará a colmar.

Aquí también el testimonio vivencial podría multiplicarse. “It works”, podríamos decir luego de ponerlo en práctica. Esto funciona: así sí soy feliz o, al menos, estoy perfectamente seguro de andar por el camino que me conduce a la felicidad.

Pero, ¿en qué consiste la felicidad de la cual venimos hablando? Quizá nos ayude a entenderla el ejemplo del joven médico que se va a realizar los estudios de su especialidad a un país extranjero. Un día, al leer el periódico de su pueblo que su madre le ha enviado, tropieza con la fotografía de la muchacha que ha sido electa reina de las fiestas de la localidad. El médico no la conocía, ni siquiera había oído hablar de ella. Pero, al mirarla, se dice: “Caramba, qué linda chica. Además, parece lista y virtuosa. Me gustaría casarme con ella”. Al pie de la foto aparece la dirección de la chica, y el joven se decide a escribirle, sin demasiadas esperanzas de que le conteste. Y, sin embargo, la respuesta llega. Inician una correspondencia habitual, intercambian fotografías, y se cuentan todas sus cosas. El joven médico se enamora más y más cada día de esa muchacha a quien nunca ha visto.
Un par de años después, nuestro personaje vuelve a casa ya graduado. Durante ese tiempo ha estado cortejándola a distancia. El amor a ella lo ha hecho mejor médico y mejor persona: se ha esforzado por ser la clase de individuo que ella querría que fuese. Ha hecho las cosas que ella desearía que hiciera, y ha evitado las que le desagradarían. Ya es un anhelo ferviente de ella lo que hay en todo su ser, y está llegando a casa.

¿Cuánta dicha llevará su corazón al bajar del tren y tomar, al fin, a la muchacha en sus brazos? “¡Oh! -exclamará al abrazarla-, ¡si este instante no acabara nunca!” Su felicidad es la del amor logrado, del amor encontrándose en completa posesión de la persona amada. Llamamos a eso la fruición del amor. El muchacho recordará siempre este momento -momento en el que su anhelo fue colmado con el primer encuentro real- como uno de los sucesos más felices de su existencia.

Este ejemplo puede servirnos para descubrir la naturaleza de nuestra felicidad en el cielo. Es un ejemplo penosamente imperfecto, inadecuado en extremo, pero el menos malo que hemos podido ofrecer. Porque la felicidad esencial del cielo consiste exactamente en esto: en que poseeremos al Dios infinitamente perfecto y seremos poseídos por Él, en una unión tan íntima y total que ni siquiera podemos remotamente imaginar.
El objeto de nuestra posesión no será un ser humano (por bello, noble, bueno y maravilloso que sea). Será el mismo Dios con el que nos uniremos de un modo personal y definitivo; Dios, que es la Bondad, la Verdad y la Belleza infinitas; Dios, que lo es todo, y cuyo amor inconmensurable puede (como ningún amor terreno es capaz de hacer) colmar todos los deseos y anhelos del corazón humano. Poseeremos entonces una tan sublime dicha que, al decir de San Pablo “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman”, (I Cor. 2, 9). Y esta felicidad, una vez lograda, no se perderá jamás.

Que no se pueda perder no significa que se prolongue durante semanas, meses, años y siglos. El tiempo es exclusivo de nuestro mundo físico. Cuando termine nuestra vida terrena, terminará también el tiempo. La eternidad no es “un periodo muy largo”. No habrá sucesión de momentos en el cielo, no serán ciclos cronometrables en horas y minutos. No habrá sensación de monotonía, ni sentimiento de “espera”, ni anhelo de que llegue el otro día. En el cielo el “HORA” será lo único que importará. Eso es lo estupendo del premio: que nunca termina. Cada uno de nosotros estará extasiado en la posesión del mayor Amor que existe, ante el cual el más ardiente de los amores humanos, y aun la suma de todos ellos, es sólo un pálido reflejo.

Y nuestro embeleso no estará impedido por la sombra de su terminación, como ocurre con todas las dichas terrenas: en el cielo no sólo seremos felices con la máxima capacidad de nuestro corazón, sino que tendremos además la perfección final de la felicidad al saber que nada nos la podrá arrebatar. Está asegurada para siempre.
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Articulo: Mi camino de Conversión, Por Luis Miguel Boulló

Aquí les dejo un excelente articulo que me gusto muchos. Salvador Castañeda
"El Demonio es protestante", fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.

"Al principio fue el Verbo"
Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en una revista. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer.
No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.
En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como "leyendas negras", porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.
Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al "adversario" diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.
El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.
Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un "cura nuevo", con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.
Con complejo de superioridad
Primera confesión de mala fe
Yo aprovechaba –Dios me perdone– para sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importan tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.
Otra cosa que solía hacer –me avergüenzo al recordarla– era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones.
En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.
Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar.
El viejo párroco le plantó cara con santa paz
Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan "cálido" en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.
A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.
Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.
El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.
En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi... porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.
En un aprieto que me puso, le dije: "Padre M... comencemos desde el principio" Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: "De acuerdo: al principio era el Verbo y..."
Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia!
"Pastor Boullón", me dijo luego, "No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen... y por eso también fue el primer Evangélico".
Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:
—Si... fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!
—Pero Cristo les respondió con la Biblia...
—Entonces usted me da la razón, Pastor... los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien... y le tapó la boca.
Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12: "Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra"
Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito "No tentarás al Señor tu Dios". Y el demonio se alejó confundido.
Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto!
Creo que fue la plática más saludable de mi vida.
También los demonios creen y pero no se salvan
La táctica del demonio
Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban.
Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.
Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí –creo– brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí Hechos XVI, 31: "¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús –respondió Pablo– y te salvarás tú y toda tu casa".
Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio.
Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo:
—"¿Continuará la lectura de San Pablo?"
—"Ya terminé, Padre M."
—"¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 2.
—Leí en voz alta: "Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy"
—Entonces la fe...
—La fe... la fe... la fe es lo que salva.
—¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse.
—¿Salvarse?
—Si.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva...
—...
—No se quede en silencio, Pastor... siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque "como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta" (c.II) Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice "Si quieres salvarte, guarda los mandamientos" Ahí tiene usted la respuesta completa.
Me acompañó hasta la puerta y me dijo: Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica –sólo una me basta– en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia.
Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.
La Biblia no es orgullosa
"Sólo la Biblia"
Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. "Si es sólo la Biblia", me dije, "entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba".
Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición.
Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de revistas y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.
Nadando guardando la ropa y sufriendo
El pago del mundo
Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un "Pastor" protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas "no estrictamente ecuménicas".
Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.
Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio –pensaba– me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones.
Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.
Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me senté y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.
Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto... para ella.
Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.
Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía.
Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.
Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.
Entrada en la Iglesia y abandono de todos
Mi querido amigo se despide
No he querido exponer aquí todas las cosas que charlé con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón!
El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.
Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades... o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba –si tenía sentido– desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad.
Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía –jamás dio muestras de sufrir– y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.
Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia.
Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.
Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba.
Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. "Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades", sentenció.
Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. "¡El Demonio es protestante!" les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.
Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma... y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe.
La importancia de no tener miedo a la exigencia de la Iglesia Católica
Roma... mi dulce hogar
Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.
Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado.
A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.
Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada.
Bien sé por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto –por superficiales y emocionales– de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!
Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
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